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¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos

07/04/2026
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¿Vivimos en una sociedad más insegura o solo lo parece? Las estadísticas se alejan de lo que percibimos

07/04/2026

Dolores Fernández Pérez, Universidad de Castilla-La Mancha

En los últimos años, la criminalidad ha mostrado una evolución desigual en España. Según el último balance del Ministerio del Interior, en 2025 se registraron más de 2,47 millones de infracciones penales con variaciones importantes según el territorio. Mientras algunas comunidades experimentaron aumentos –por ejemplo, Castilla y León, donde la criminalidad creció cerca de un 5,8 %– otras como Cataluña o Madrid mostraron descensos en torno al 2,9 % y al 1,7 %, respectivamente.

La evolución tampoco es homogénea entre tipos de delitos. Algunos, como los patrimoniales, se han estabilizado e incluso descendido en algunas zonas. Otros, como las agresiones sexuales o los intentos de homicidio, han aumentado. En otras palabras, la evolución de la delincuencia es compleja y difícil de resumir en una única tendencia.

Sin embargo, más allá de estas cifras hay un fenómeno que cada vez ocupa más espacio en el debate público: la preocupación por la inseguridad percibida por la ciudadanía. Y esta sensación no siempre evoluciona al mismo ritmo que la criminalidad registrada.

En la literatura científica especializada, esta percepción de inseguridad se conoce como “miedo al delito”. No se refiere únicamente a la reacción emocional ante un peligro inmediato (como un intento de robo), sino también a la percepción de riesgo que las personas construyen sobre la posibilidad de ser víctimas de un crimen.

¿Qué es el miedo anticipado?

En este sentido, hablamos de un miedo anticipado. Ese temor puede surgir ante señales cotidianas del entorno: caminar por una calle mal iluminada, atravesar un parque vacío por la noche o percibir signos de deterioro urbano en un barrio.

Desde el punto de vista psicológico, es un fenómeno que combina tres dimensiones: una emocional (sentir miedo), una cognitiva (evaluar el riesgo) y una conductual (modificar comportamientos, por ejemplo, evitando determinados lugares o situaciones). Las personas no evaluamos el riesgo de ser víctimas de un delito solo a partir de estadísticas oficiales. También influyen nuestras experiencias personales, los cambios que percibimos en el entorno y la información que recibimos sobre los hechos delictivos.

Los medios de comunicación han sido tradicionalmente uno de los principales canales a través de los cuales la ciudadanía conoce la criminalidad. Algunas investigaciones estiman que alrededor del 30 % de las noticias en los medios tratan sobre delitos.

Además, la cobertura mediática suele prestar mayor atención a los actos delictivos violentos que a los más comunes. Este sesgo puede generar una imagen distorsionada de la criminalidad, ya que los sucesos que más aparecen en las noticias no coinciden con los que ocurren con mayor frecuencia.

Los medios de comunicación no ayudan

La investigación en comunicación también muestra que la exposición prolongada a contenidos mediáticos puede influir en la forma en que las personas interpretan la realidad social. Según la teoría del cultivo de George Gerbner (1969), cuanto más tiempo pasa una persona consumiendo contenidos mediáticos, más probable es que interprete la realidad a través de esas representaciones.

La forma en que los medios presentan los delitos también puede reforzar determinados estereotipos sociales sobre quién los comete o dónde ocurren. Cuando ciertos grupos sociales o barrios aparecen de forma recurrente asociados a la criminalidad en las noticias, estas representaciones pueden influir en cómo el público percibe la inseguridad y en a quién identifica como una posible amenaza.

Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el 72,1 % de los españoles asegura estar informado sobre la actualidad. La televisión sigue siendo el medio preferido (69,8 %), seguida de la radio (55 %), considerada además la fuente más fiable. Sin embargo, más de la mitad de la población (54,9 %) también utiliza habitualmente redes sociales para informarse.

En este contexto de exposición constante a contenidos informativos, los relatos sobre sucesos –detenciones, desapariciones, agresiones o juicios mediáticos– circulan con gran rapidez y pueden amplificar la percepción de inseguridad. No es que los delitos no existan, pero su presencia constante en el ecosistema mediático puede hacer que parezcan más frecuentes y cercanos de lo que indican las estadísticas oficiales.

Las redes sociales han transformado especialmente la forma en que circula la información sobre el crimen. Las plataformas digitales favorecen contenidos breves, visuales y emocionalmente intensos, lo que puede impulsar narrativas simplificadas o alarmistas. Investigaciones recientes sugieren que la lógica de viralidad propia de estas plataformas puede contribuir a nuevas formas de pánicos morales en torno al delito, en las que la percepción de amenaza se construye a partir de narrativas que circulan y se refuerzan digitalmente más que de la experiencia directa de la criminalidad.

La distancia entre criminalidad real y percepción de inseguridad se ha hecho visible en debates recientes sobre seguridad urbana. Un ejemplo es el caso de Bilbao. Durante la presentación del diagnóstico técnico del Plan Municipal de Seguridad, investigadores de la Universidad del País Vasco señalaron que los indicadores delictivos no mostraban un incremento estructural comparable con la percepción de inseguridad entre la ciudadanía.

La controversia que generó esta conclusión refleja una cuestión incómoda: ¿qué pesa más en la percepción ciudadana, las estadísticas sobre criminalidad o las narrativas que se construyen sobre ellas a través de los medios?

Criminalidad registrada vs percepción

Aunque no siempre coincida con la probabilidad objetiva de victimización, el miedo al delito tiene efectos en la vida cotidiana. Puede modificar rutinas, limitar actividades nocturnas y reducir el uso de determinados espacios públicos. En definitiva, puede alterar la forma en que las personas se relacionan con su entorno.

Además, este miedo no se distribuye de forma homogénea. Las investigaciones muestran que las mujeres suelen reportar niveles más elevados de temor al delito que los hombres, incluso cuando las tasas de victimización para algunos delitos violentos son menores.

Comprender estas diferencias entre criminalidad registrada y percepción de inseguridad es fundamental para diseñar políticas públicas eficaces. La seguridad de una sociedad no depende únicamente de reducir los delitos, sino también de entender cómo las personas perciben el riesgo y cómo se construyen socialmente esas percepciones.

En una sociedad hiperconectada, el miedo puede difundirse mucho más rápido que los propios delitos. Quizá la pregunta más importante no sea si vivimos en una sociedad cada vez más peligrosa, sino por qué cada vez resulta más fácil sentir que lo es.The Conversation

Dolores Fernández Pérez, Profesora Ayudante Doctora. Departamento de Psicología, Universidad de Castilla-La Mancha

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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