María Teresa Baeza Romero, Universidad de Castilla-La Mancha
¿De verdad las plantas limpian el aire de casa? ¿Y es cierto que las mascotas lo empeoran? Son ideas muy extendidas, pero cuando miramos la evidencia científica, la historia cambia bastante. Ni las macetas son purificadores naturales, ni los perros son pequeños emisores peligrosos. Mientras, para sorpresa de algunos, los humanos seguimos siendo los mayores “contaminadores” de nuestro propio hogar.
Las plantas no limpian tanto
La idea de que las plantas limpian el aire viene de estudios realizados en cámaras selladas. En una casa normal, con ventanas, corrientes de aire y volúmenes grandes, ese efecto prácticamente desaparece.
Las revisiones científicas coinciden en que harían falta decenas o, incluso, cientos de plantas por metro cuadrado para notar una reducción apreciable de contaminantes como formaldehído o benceno. Se trata de compuestos orgánicos perjudiciales para nuestra salud que pueden estar presentes en el aire y provienen del tráfico, del humo del tabaco o de materiales de construcción.
El efecto de los jardines verticales interiores
Sin embargo, aquí hay un matiz interesante: los jardines verticales interiores, que concentran muchas plantas en un mismo plano, sí pueden lograr mejoras medibles en ciertas condiciones. Un estudio de 2021 mostró reducciones de CO₂ del 12–17 % y de PM2.5 (partículas de menos de 2,5 micras) del 8–14 % en un pasillo con una pared vegetal frente a otro idéntico sin ella.
En la misma línea, un trabajo de 2026 en un edificio administrativo encontró que, cerca del jardín vertical, disminuía el formaldehído hasta un 40 %, aunque el efecto desaparecía a pocos metros.
Eso sí: estos sistemas requieren buen diseño y mantenimiento. El mismo estudio detectó más esporas de moho en zonas donde la humedad era elevada o el cuidado no era óptimo.
Así, aunque una maceta no limpia significativamente el aire, un jardín vertical grande y bien mantenido, en zonas concretas, sí puede ayudar modestamente.
Además, las plantas aportan beneficios microclimáticos (humedad, confort, pequeñas reducciones térmicas) y efectos psicológicos positivos. Por tanto, no podemos considerarlas como filtros de aire, pero sí como elementos de bienestar.
¿Y los perros? ¿Liberan muchas emisiones contaminantes?
En cuanto a las mascotas, un reciente estudio midió por primera vez las emisiones reales de perros y humanos en una cámara controlada. Según los resultados, un perro grande emite aproximadamente la misma cantidad de CO₂ y amoniaco que un persona adulta, mientras que un ejemplar pequeño genera bastante menos.
En segundo lugar, las partículas que liberan son del mismo orden que las nuestras, salvo en perros muy activos que levantan más polvo.
La principal diferencia es que estos animales aportan microbios del exterior, lo cual aumenta la diversidad microbiana del hogar. Sin embargo, esto no es necesariamente malo, ya que algunos estudios sugieren que puede favorecer nuestro desarrollo inmunitario.
El dato que lo cambia todo: ¿cuánto emitimos los humanos?
Mucho más que cualquier perro… y desde luego más que cualquier planta. Un estudio de 2022 mostró que cada persona emite más de 2 000 microgramos/hora de compuestos orgánicos volátiles, cifra que se duplica cuando hay ozono en el aire exterior, porque reacciona con las grasas de nuestra piel.
Además, al movernos, levantamos polvo, fibras y partículas. Por tanto, el mayor impacto en el aire interior viene de nuestras propias actividades: cocinar, limpiar, ducharnos, usar ambientadores o, simplemente, estar presentes.
Es importante recalcar que no solo importa cuántas partículas hay, sino cómo reaccionan en nuestro cuerpo. En este sentido, las asociadas a los perros suelen ser más grandes y menos reactivas que las finas de origen urbano o las que generamos al cocinar.
Entonces… ¿mejor tener macetas o mascotas?
No hay que elegir. Las plantas, especialmente si se agrupan en jardines verticales bien diseñados, pueden aportar pequeñas mejoras locales y mucho bienestar. Las mascotas, en realidad, emiten menos de lo que creemos. Y el aire de casa depende mucho más de nosotros que de ellos.
La receta sigue siendo la misma: ventilar, reducir fuentes contaminantes… y disfrutar de una casa con vida.
María Teresa Baeza Romero, Catedrática de Universidad. Dpto. Química-Física. Escuela de Ingeniería Industrial y Aeroespacial de Toledo. Inamol., Universidad de Castilla-La Mancha
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.