Howard Koch

La emisión del pánico

Libro + CD

Cuenca, 2002

 

 

Y a propósito de los marcianos, aquellos seres formidables que soltamos en el mundo aquella extraordinaria noche, finalmente fueron derribados por una bacteria, "¿la cosa más pequeña que Dios con su sabiduría había puesto en la Tierra?" Hoy en día, sabemos más en relación a Marte de lo que sabíamos en 1938 pero, incluso después de las recientes fotografías enviadas por el Mariner, los científicos se dividen acerca de si hay o no alguna forma de vida en el planeta. Podemos estar muy seguros, sin embargo, de que allí no hay criaturas capaces de invadir la Tierra. Lo contrario resulta mucho más factible: que en un futuro no muy lejano, nosotros, "terrestres", seamos capaces de invadir Marte y de atemorizar a todas las criaturas que allí vivan. Nosotros tenemos máquinas destructivas y gases tóxicos no menos mortíferos que aquellos que H. G. Wells atribuyó a los marcianos.

Hace unas cuantas décadas tuvo lugar una controversia tras la aparición en nuestros cielos de objetos voladores no identificados, comúnmente conocidos como platillos volantes, debido a su forma circular. Quizá condicionados por nuestro programa de radio, aquellos que primero creyeron que estos objetos eran extraterrestres llegaron a la conclusión de que llegaban desde Marte, una teoría actualmente superada por la de la procedencia de algún planeta en otra galaxia.

Imaginarias o no, en diferentes partes del mundo se notificó la existencia de señales, en muchas ocasiones gracias a observadores tan cualificados como científicos o pilotos de aviación. En Nuevo Méjico, New Hampshire y Michigan, cientos de personas que vivían allí —granjeros, profesores, estudiantes, amas de casa, agentes de policía— vieron esos objetos, algunos muy de cerca, y su descripción respecto al tamaño, forma, color y movimiento de los objetos fue extraordinariamente similar. Aunque no tengo ningún conocimiento específico sobre el tema, me resulta difícil creer que toda esa gente estuviera jugando a hacer trampas o padeciera una ilusión óptica o algún tipo de histerismo en masa. Sin embargo, desde las primeras señales, las fuerzas aéreas de los Estados Unidos hicieron grandes esfuerzos por negar la existencia de estos objetos voladores. Cuando, ante la presión de la gente, dirigieron o financiaron investigaciones, sus conclusiones procedieron al parecer de una premisa según la cual los objetos no existían y no hicieron ningún caso a las poderosas pruebas a favor de su existencia.

Sin duda, las fuerzas aéreas tenían sus propias razones para quitar importancia a estas señales. Conscientes quizá del pánico causado por nuestro radiodrama sobre los marcianos, querían evitar que se repitiese. Lógicamente, estaban ansiosos por convencernos de que no existe nada en este mundo a lo que ellas no puedan hacer frente. Sin embargo, las afirmaciones que se reiteran con demasiada insistencia suelen provocar el efecto contrario. De las entrevistas que se realizaron después del programa de radio se desprende que las opiniones de los científicos, los militares y del Ministro del Interior, que confirmaban a los oyentes que todo estaba bajo control y que no había motivo de alarma, sólo sirvieron para aumentar la sensación de que se les estaba ocultando la verdad y de que los invasores eran, de hecho, marcianos invencibles encaminados hacia nuestra destrucción.

Entre los seres humanos parece existir una curiosa suposición acerca de que cualquier visitante que llegue a nuestro planeta procedente del espacio exterior viene con intenciones hostiles. ¿Por qué? Creo que la respuesta está en nuestra propia psique. Como personas, sufrimos de xenofobia, un miedo hacia todo lo extraño, el cual responde a muchos de nuestros prejuicios raciales y nacionales contra aquellos cuyo color, religión o sistema económico es diferente del nuestro. Tendemos a proyectar en los otros nuestros propios miedos y agresiones. Por lo tanto, fue normal para el granjero de Michigan —que creyó haber visto a alguno de los objetos sobrevolando un pantano situado en sus tierras—, correr hacia su casa para coger una escopeta, en lugar de haber tenido un gesto más hospitalario.

Si nuestro radiodrama hubiera retratado a los marcianos como recién llegados en misión amistosa, sospecho que nuestros oyentes habrían estado menos preparados para aceptar la historia como algo que realmente estaba sucediendo. Sin embargo, como señaló Arthur C. Clarke, ¿por qué no podrían las criaturas suficientemente desarrolladas que se extienden por las galaxias ser suficientemente inteligentes como para compartir una existencia pacífica con otros seres humanos? Ellas incluso podrían ayudarnos a salvarnos de nosotros mismos. Espero que si un "platillo" aterriza alguna vez en un terreno de mi propiedad, tenga el sentido común de tender mi mano a sus ocupantes e invitarles a un sandwich y una taza de café en mi casa.

La gente me ha preguntado si he vuelto a escribir otro radiodrama del mismo tipo que pudiera contribuir a sembrar el pánico en un futuro. La respuesta es no. No tengo ningún deseo de incrementar nuestra xenofobia ni de añadir nada a los temores reales existentes en estos tiempos tan precarios. Recuerdo la historia que me contó una mujer acerca de una conversación telefónica que tuvo lugar la noche del programa de radio. Ella se ocupaba de supervisar a las chicas que atendían la información telefónica. La compañía acababa de instaurar una nueva política para ofrecer a los clientes un servicio mejor. A través de la centralita interna, mi informante oyó a una de las chicas que contestaba de una forma muy educada: "Lo siento, aquí no tenemos esa información." La supervisora la interrumpió para felicitarla: "Has respondido muy bien. ¿Qué preguntaba el cliente? La chica contestó: "Quería saber si se iba a acabar el mundo."