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50 Aniversario

Festividad de San Isidro 2020

 

Un San Isidro peculiar

Tiempos difíciles, tiempos diferentes. Hablar del momento que nos toca vivir depende de si el coronavirus nos ha afectado en lo personal, y en el grado de afectación empezamos a establecer círculos concéntricos. Comenzamos en nuestro núcleo íntimo, más importante que nosotros mismos, en nuestras familias, en nuestros amigos, en nuestros compañeros, en nuestros conocidos… y así vamos ampliando nuestro radio de seguridad. Está claro que cuando se rompen las barreras interiores de esta hipotética fortaleza defensivo-afectiva, significa que este virus trivial nos ha marcado, y esas marcas permanecerán indelebles durante el resto de nuestras vidas, y estos días se convertirán en un periodo oscuro de nuestra existencia.

Por desgracia, las cifras de víctimas y afectados por el coronavirus se incrementan día a día, y aunque se encuentren bajo el trazo grueso de unas curvas que intentan gobernarlas, mientras no se descubra un tratamiento que sea capaz de vencer a esta pandemia, seguirán acumulándose números, superficies, personas. Está claro que no podemos permanecer confinados permanentemente para controlar la situación, pero no es sencillo determinar dónde se rompe el punto de equilibrio entre seguridad y la necesidad de activación de todo.

A los estragos sanitarios se une el derrumbe de la economía y sus tremendos efectos sociales. Y esto va a repercutir en todos.

Si por suerte el microbio no ha derribado ninguno de nuestros muros interiores, la perspectiva de la situación vivida puede ser diferente. Nunca en nuestra vida habíamos pensado que la realidad pudiese acercarse siquiera un poco a lo ya vivido en estos dos meses, y como siempre, en situaciones difíciles, lo mejor es centrarse en el día a día, extraer lo positivo de cada momento. En esta aparente uniformidad, que cada día parece ser igual que el anterior, seguro que se puede diferenciar momentos que den sentido a todo el periodo de encierro. Pequeños espacios temporales en los que dividimos el día y nos permiten ser conscientes de nuestro tiempo y de nuestro espacio, y así, más fácil, disfrutar de ellos.

Hoy tendría que haber sido una celebración compartida. Hubiéramos puesto punto final a un cumpleaños que se ha prolongado a lo largo de este curso 2019-20, el quincuagésimo aniversario de nuestra escuela, habría venido alguna autoridad para aumentar la visibilidad del acto en las redes y en los medios de comunicación provinciales y regionales, habríamos entregado los diplomas a los nuevos titulados, habríamos compartido un aperitivo con alumnos de los últimos 50 años, con los orgullosos familiares de los titulados y con los compañeros que formamos este equipo que es nuestra escuela hoy.

Utilizo la palabra equipo dejándome influenciar por Microsoft Teams, que se ha convertido en una herramienta imprescindible para impartir nuestra docencia on line. Porque hasta en eso, nuestra escuela debe abandonar antiguos complejos por el camino. Mayoritariamente hemos sido capaces de ofrecer una enseñanza digna no presencial, cuando nadie nos había preparado para la ocasión. Nos hemos esforzado por manejar unas potentes herramientas que nos han facilitado nuestra labor docente, aunque nunca hemos dejado de ser conscientes de que esta modalidad docente no iguala ni de lejos a la enseñanza presencial, pues no hay artilugio electrónico que pueda suplir la interacción alumno-profesor que se produce en el aula.

De cualquier forma, la no celebración del acto institucional de San Isidro no quiere decir que los alumnos titulados en este curso no reciban un reconocimiento público. El problema es que tendremos que adaptar la fecha de la celebración a la situación que nos toque vivir, pues es imposible hacer predicciones sobre el futuro con un mínimo de fiabilidad.

Y como los grandes protagonistas del día son los nuevos titulados y sus familias, quisiera centrarme en ellos. Jóvenes que han culminado sus estudios de grado o de máster, conscientes de que el camino iniciado años atrás hasta hoy no ha sido fácil, pero también conscientes de que el esfuerzo ha merecido la pena. Ingenieros que han adquirido unos conocimientos que les van a permitir afrontar una gran aventura, la vida, desde una atalaya privilegiada, y que será punto de partida para alcanzar nuevas metas. Y que a pesar de la facilidad para conseguir trabajo, con crisis o sin ella, este hito no constituirá un punto y final, sino que se convertirá de golpe en un nuevo punto y seguido, pues cualquier actividad que se desarrolle, en los tiempos que corren, exigirá una permanente revisión y actualización de los conocimientos.

Como siempre suelo hacer, utilizando un lenguaje propio del cálculo estructural, quisiera felicitar también a los grandes pilares de estos nuevos titulados, a los soportes que permiten que los estudiantes se centren en sus estudios alejados de los problemas cotidianos, al cimiento más estable de nuestra sociedad: sus familias.

Un reconocimiento explícito al esfuerzo realizado en aislar al estudiante de los problemas para que aproveche su tiempo, esfuerzo en soportar la montaña rusa de emociones, de estados de ánimo, que se suceden a lo largo de un curso, de muchos cursos, ayudando siempre en los momentos difíciles mientras que se comprueba cómo los momentos alegres se celebran fuera del hogar. Pero al final, la consecución de la meta difumina el camino hasta alcanzarla.

Bueno, pues de esta forma tan atípica, quisiera desear a toda nuestra comunidad universitaria un Feliz San Isidro, a pesar de que ya no esté Alejandro Rioja, a pesar de que Félix Ureña considere que este será el último que nos acompañe en activo.

Salud y ánimo para todos.

                                                                                                      Jesús Antonio López Perales

                                                                                                                    Director