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Buenos días:
Hace días me pidieron que interviniera en esta celebración al ser una persona que , de alguna manera, represento a una familia que desde hace 60 años ha tenido una relación, si de relación se entiende como influencia recibida,con la escuela de Magisterio de Toledo.
Mi padre se formó en ella después de la Guerra Civil, dos de sus hijos pasamos por sus aulas en la década de los sesenta, y tres de nuestros hijos, estos en la década de los noventa, también han pasado por ella.
Tres generaciones a los que, como muestra de la influencia de la labor de la Escuela de Magisterio de Toledo, nos capacitó para afrontar la realidad de la sociedad que, a cada uno, nos ha tocado vivir.
La primera generación, la de mi padre Don José,“Larita” para los amigos, el acceder a la Escuela de Magisterio era la única esperanza de los que, con inquietudes de estudios, podían acceder a ellos.Recibieronentonces los fundamentos para afrontar el reto de una difícil postguerra, en las que las condiciones de trabajo eran precarias,con 80 alumnos en clase, y en las que su labor era muchas veces más tutelar que instructiva propiamente dicha.
Los profesores que salían entonces de la Escuela de Magisterio de Toledo eran más asistentes sociales que transmisores de conocimientos,y recibieron los fundamentos para extrapolar su magisterio a otras esferas de la sociedad de entonces.
Yo recuerdo con cariño a maestros como mi padre, que enseñaba, y a la vezinculcabaa los que más aprendían, el deber de ayudar a los más desfavorecidos, a los que no tenían la suerte, como ellos, de poder tener una asistencia continuada y provechosa porque sus padres se veían obligados a hacerlos trabajar desde muy jóvenes. Yo fui de los privilegiados, y conmigo otros nos dedicábamos a enseñar a los más pequeños o a nuestros compañeros retrasados instructivamente,pero por encima de nosotros había un Maestro que, aunque no lo parecía, estaba al tanto de todo lo que hacíamos..
Pero los maestros que entonces “producía” la Escuela de Magisterio” supieron ser la referencia, el auxilio, el recurso, en otros muchos aspectos de la difícil vida de entonces., y que como en mi caso, servirían para enseñarnosformas que despuésnos servirían para nuestra vida y Magisterio futuro.
Todavía recuerdo a mi padre salir de casa a las siete de la mañana, incluso en los días del crudo invierno toledano,para poder atender a los que, ya trabajando, querían progresar en estudios superiores, labor que completaba por la noche, cuando esos futuros estudiantes de bachillerato volvían de sus trabajos, lo que le obligaba a regresar muchos días a las once de la noche.
En el pueblo donde ejerció su labor profesional la mayoría del tiempo todavía se acuerdan con nostalgia, cuando se hacela procesión con motivo de sus fiestas patronales, escuchar eso de que “cuando estaba Don Josési que había orden”, aunque lo que a mi más me caló fue cuando alguno de los vecinos, yo ya adolescente,me contaron que mi padre se repartía las noches de la semana para ir de casa en casa de los que recibían cartas de sus familiares exiliados por la guerra,y como no sabían leer, mi padre se las transmitía.
Esa, más que ninguna otra, fue la labor que la Escuela de Magisterio, más que la propia docencia directa, aportó a la sociedad de entonces por medio de los que pasaron por sus aulas.
La siguiente generación, la mía y la de mi hermano Salvador, que pudo aspirar a hacer estudios superiores por el esfuerzo de la anterior,ya recibía una enseñanza cara a la especialización queexigía el progreso de la importancia de la educación en la sociedad.
La Escuela de Magisterio, por esa mayor importancia de la enseñanza que la sociedad estaba exigiendo, de nuevo hizo una perfecta lectura de la realidad social y de futuro, y creó profesores aptos para afrontar la especialización que la EGB pedía, y haciéndolo con las mejores garantías, porque para que en un futuro fueran a la muy extendida opinión de que “los maestros son los que al final están mas preparados para afrontar las reformas educativas”.
Esta preparación posibilitó otra característica de esta generación que, como producto del cambio en la sociedad toledana con la puesta en marcha del Patronato de Estudios Universitarios, pudimos aspirar a realizar estudios superiores que antes, para lograrlos, era obligatorio residir en Madrid, al alcance de unos pocos, entre los que un sufrido maestro no estaba.
Muchos fuimos los que lo pudimos hacer, pero el objetivo logrado no fue solo la consecuencia de que lo pudiéramos hacer en Toledo, sino de que la Escuela de Magisterio nos había dado los recursos necesarios para poder afrontarlo.
Otros, como mi cuñado Juan Francisco García-Patos, optaron por participar en el desarrollo de la sociedad toledana en otras actividades, aunque su labor por Toledo se puede tildar de parecidas características.
La tercera generación, la de mis hijos y sobrinas, ha sido la que ha culminado un proceso de 60 años de la Escuela de Magisterio de Toledo, aunque por ellos tendrán que pasar varios años para poder valorar, como yo ahora, mis vivencias, aunque la Escuela de Magisterio habrá sabido hacer la lectura del momento, y la interculturalidad a la que nos hemos visto abocados por la importante llegada de personas de otras culturas, habrá sido, y será, ahora su principal objetivo.
La Escuela de Magisterio sigue siendo la referencia de muchos, pero, por lo menos en los casos de mis hijos y sobrinas, lo han hecho porque eso es lo que quieren ser, sin ser obligados por las circunstancias de que no había otra cosa, aunque el tener referencias de estas vivencias que hoy he contado puedan haber tenido su influencia.
Ahora la Escuela de Magisterio no es una “tabla de salvación”, como ocurría antes, sino que poco a poco se ha convertido en una opción libre y abierta, hasta que la auténtica vocación sea el motivo principal de que un alumno acuda a sus aulas.
Todo esto demuestra que la Escuela de Magisterio, en Toledo, es algo implícito al desarrollo y devenir de la propia ciudad, porque ha sido su recurso de futuro durante muchos años, y ha colaborado al desarrollo social de sus habitantes.
Ahora la oferta de estudios es más amplia, para bien de la ciudad, pero tendrán que pasar muchos años para que cualquiera de las Escuelas Universitarias tenga la incidencia que, la de Magisterio, ha tenido en Toledo, por lo que como toledano no tengo por más que dar las gracias a la institución que ahora se premia por haber colaborado a, en muchos casos, dar sentido a mi vida.
Muchas gracias.
José María López Morales
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