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Autoridades, compañeros de la Escuela, público asistente...
Por cortesía y por convicción quiero empezar mi intervención agradeciendo muy profundamente la distinción que nos ha otorgado toda la Corporación Municipal de Toledo al hacernos acreedores a la Escuela Universitaria de Magisterio de la Medalla de Oro de la Ciudad, máxima distinción otorgada por el Ayuntamiento, por nuestra labor docente durante prácticamente más de siglo y medio.
Sin pretender caer en el tópico o en el formulismo convencional y retórico, créanme cuando digo que siento una profunda satisfacción por poder recibir este galardón que, dejando al margen cualquier falsa modestia, creo realmente se merece la Escuela de Magisterio.
Desde mediados del siglo XIX nuestro Centro ha venido desempeñando un papel sobresaliente en la formación de Maestros de Primera Enseñanza. Generaciones y generaciones de docentes han pasado por nuestras aulas, ubicadas en diferentes edificios de la ciudad, los más recientes, en la Diputación, en la Puerta de Bisagra, en la Avenida de Barber y actualmente en el magnífico Campus Tecnológico de la Fábrica de Armas.
Aunque, en ocasiones, se suele hacer mención a profesoras y profesores ilustres, destacados en ámbitos muy diversos, que han impartido docencia en Magisterio mi recuerdo, en este momento, va dirigido a esos cientos de anónimos enseñantes, de los que poco más que se recuerda su nombre, y de muchos ni siquiera ese dato, pero que, sin duda alguna, dejaron su huella en los numerosos alumnos a los que enseñaron y educaron. Un profesorado, el de ayer y el de hoy, que siempre ha sido consciente de la trascendencia de su labor pedagógica y que ha tenido entre sus señas de identidad la del trabajo, la discreción, la honestidad y la entrega hacia unos ideales en los que siempre ha creído, envuelto todo ello en la persuasión del importante servicio que ha prestado y sigue prestando a la sociedad.
Al evocar la función que en el transcurso del tiempo se ha atribuido a la formación de Maestros de Enseñanza Primaria, me parece oportuno recordar unas palabras que la semana pasada en el acto de entregas de diplomas y becas a la promoción 2001-2002 dirigía a los alumnos intentando comprendieran las diferentes concepciones que de la Escuela se han dado. La Enciclopedia Álvarez hablaba de la Escuela o “casa de todos los niños” donde se iba a aprender a leer, a escribir, a dibujar y a ser buenos, cuyo “jefe” era el Maestro o la Maestra a los cuales había que obedecer siempre. Más radical era la definición dada por Rodolfo Llopis, director general de Enseñanza Primaria en la II República, que afirmaba que “La escuela debía ser el alma ideológica de la revolución y que el ciclo revolucionario no terminaba hasta que la revolución se hiciera en las conciencias. Y esa era la labor de la escuela porque no concebía un revolucionario que no fuera algo educador y un educador que no fuera algo revolucionario”. Entre estos extremos podemos situar la interpretación que hace la legislación actual, donde pone el énfasis en competencias que deben distinguir al Maestro como solidaridad, tolerancia, espíritu crítico o convivencia democrática. En cualquier caso, se trata de retos, pasados y presentes, a los que desde la Escuela de Magisterio se ha intentado dar respuesta.
En un periodo de tiempo tan dilatado como el de la existencia de la Escuela de Magisterio o antes Escuela Normal, como tantos toledanos la conocen todavía, han sido muy variados los arquetipos de profesores, las formas de enfocar la enseñanza y la educación, los planes de estudios al servicio de los cuales siempre se ha intentado prepararlos. Maestros y maestras, que curso tras curso, han salido de las aulas para, repartidos mayoritariamente por la provincia de Toledo, instruir a una población infantil que, en muchas ocasiones, no lo olvidemos, toda la formación que recibían procedía del trabajo y la dedicación de estos profesionales de la educación.
Celebramos la sensibilidad que el Ayuntamiento toledano ha sabido manifestar hacia los docentes de Magisterio, concediéndonos este honor. Al acordarse de nosotros demuestrano solo cortesía y elegancia sino, sobre todo, receptividad hacia algo tan básico en la sociedad como es la educación y las instituciones que están a su servicio. Es grato comprobar que nos mueven impulsos similares y que la Corporación municipal, aunque no tenga competencias directas en el campo de la enseñanza, sí es sensible hacia el ámbito de la educación, probablemente, porque entre sus concejales existen varios docentes que saben valorar en primera persona el mérito y la hermosa labor de los enseñantes.
Aunque los profesores de la Escuela, y supongo que, en general, todos los docentes, no nos movemos por galardones, sino por ideas en las que creemos y a las que dedicamos nuestras capacidades intelectuales, con la distinción de esta medalla de oro que generosamente nos van a entregar, encontramos un estímulo para continuar trabajando, para seguir luchando todos, codo con codo, en aras de una formación de maestros y maestras lo más completa posible, que se vaya adaptando a las nuevas realidades y a las nuevas demandas que la sociedad actual, en continua efervescencia, nos demanda.
Concluyo, reiterando la gratitud de la Escuela de Magisterio y la mía propio como Director, por la medalla de oro concedida y afirmando nuestro compromiso, del Centro y de la Universidad de Castilla La Mancha, de mantener una línea de conducta que, pasado el tiempo, nos haga de nuevo acreedores del reconocimiento social por nuestra labor en la Educación Primaria de instituciones tan prestigiosas como el Ayuntamiento de Toledo.
Ramón Sánchez González
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