Nada es eterno,
todo llega al
final. Y
en este momento nos encontramos. Cada uno decidirá
el camino a seguir. Unos continuarán
alimentando su inteligencia haciendo una
doble especialidad, otros atormentándola constantemente
para aprobar las manidas oposiciones, pero
que nadie abandone, ¡seguid cultivando
la curiosidad!,
es sanísimo, os lo aconseja la voz
de la
experiencia de la “madre superiora” (por lo de la edad, claro
está, porque no
me imaginareis en un convento con voto de silencio, ¿verdad?).
Barruntando
este “remolino
de emociones” pensé:¡Cuidado que este es un momento para estar a la altura de las
circunstancias! (y
creo que
voy a fracasar en un 100%) pero como tiene que haber de todo, como en
botica, me
embarqué a sabiendas de que habrá quien piense que es una
ñoñería, pero habrá
una minoría apoyándome como siempre lo ha hecho y es a
ellos a quien dedico
estas sensaciones que llevan revoloteando sobre mi cabeza (cual
pajaritos)
y lo más importante, necesito
hacerlo.
De
todas formas, es un crimen dejar a una mujer de mi edad a solas con sus
pensamientos, porque pueden salir cosas como éstas. Sin vosotros
nada hubiera
sido igual, sois MUCHO dentro de mi . Me habéis
contagiado juventud, alegría, inquietud…
¡He
estado tan a gusto…! En
fin, que se os va a echar de menos. Sois mi
café de la mañana con el que me levanto
pensando en tomarlo cuanto
antes para animarme. Y ahora ¿qué?..Ahora no viene eso
de… “pobre de mi, pobre
de mi, se han acabado las clases de Infantil.” ¡Nada!, que no
puedo escribir
algo serio sin meter la puntilla, ¡Dios bendito!
¿Cómo me habéis podido
aguantar tanto tiempo? Si yo no puedo conmigo ni por escrito. Me
consuela
pensar que hay otros peores (je,je,je, ¿a que estáis
pensando los mismos que
yo? Mira que soy mala, ¿eh?) Ya no sé por dónde
iba, es que con tanto “elemento distractor…”
Todavía
recuerdo el primer día de clase donde no conocía a nadie.
Todas unas “pipiolas”,
excepto algunas que divisé a lo lejos y yo; demasiado joven para
ser vieja,
pero demasiado vieja para ser joven. Tanto me contagiasteis que llegue
a pensar
que yo también lo era. Tan obsesionada estuve que soñaba
que vivía en una
residencia con algunas de vosotras y que disponía de todo el
tiempo del mundo
para estudiar. No existían las
lavadoras, ni las lentejas, ni la plancha, ni los niños,
sólo bibliotecas,
apuntes, trabajos, y “juerguecillas nocturnas”. Fue entonces cuando
llegaron
las oleadas emocionales ingobernables en las que hubo de todo:
empecé a vestir parecido a
vosotras, (por aquello del refrán
que dice: “donde fueres haz lo que vieres”), intentaba ser
“guasoncilla” para
caeros bien, tenía berrinches (impensables) imaginando que no
iba a aprobar. En
fin, una inseguridad
injustificable e impropia de mi edad;
¡vamos, que lo que no
había hecho a los 20 años quería conseguirlo
ahora!. Pero ahora no es momento de disculparme
enumerando
razones que ni a mi me convencen.
Para eso estaban otras personas que enseguida me bajaron a la tierra,
como aquellos amables bedeles que me
saludaban
dándome los buenos días como si fuera una profesora
asociada, o aquellos
simpáticos albañiles que piropeaban a mis
compañeras que iban delante y les
aconsejaban que fueran en una dirección y cuando yo las
seguía ellos me sugerían:
“¡señora, por ahí no que se
puede caer!”. (No me están gustando esas risas de fondo).
Debo entonar un “mea
culpa” por mi
falta de empatía
con esas compañeras que no han
logrado
formar parte de esos grupos
que funcionan bien, que entre ellos
se
conocen, y que se evitan movidas extrañas incluyéndolas,
elitistas al fin y al cabo. Y
mi alabanza y mi admiración hacia aquellas otros grupos que siempre,
SIEMPRE, han acogido a todo el mundo.
Por
supuesto, hago una mención especial en esta andadura a los
profesores. Invito a
reflexionar a algunos sobre su acción docente como modelos de lo que seremos y a otros agradecer su
entrega y dedicación, mediante las cuales nos han hecho
sentirnos únicos y
especiales. Indudablemente, debo ponerme de su lado si toco el tema de
la
“charlatanería”. ¡No hemos parado ni en tercer curso…!
(sin comentarios). Qué
decir de los modales; se pueden contar
con los dedos de la mano las personas que han dado las gracias cuando
nos han
proporcionado cualquier documentación, o aquellas que han
despedido a los
profesores tras sus clases… y así, bastantes temas que no
necesitarían ser
comentados. Pero si nosotros (casi maestros) no somos capaces de hacerlo, ¿cómo vamos a
enseñarlo?. No
pretendo dar lecciones, simplemente es
la visión de alguien que ha vivido con vosotros bajo
otra perspectiva.
Cuando
comencemos a
trabajar y tengamos nuestra clase, habrá
muchos “príncipes azules” pero
encontraremos algunos “patitos feos”.
Dediquemos un especial esfuerzo a estos
últimos que son los que nos hacen dignos de llamarnos Maestros.
Debemos pensar que la profesión
de
maestros es
como si fuera una vacuna donde hay que hacer constantes dosis
de recordatorio para no contraer
enfermedades peligrosas como: el estancamiento,
la rutina, la flaqueza.
Seamos afables, y no lleguemos a tener
la
capacidad emocional de un ladrillo con determinados niños.
Me
llevo más
de lo que dejo, y mis expectativas han superado con creces lo que
esperaba. Han
sido muchas emociones y sentimientos
vividos en un tiempo record, risas,
llantos, nervios, malos ratos, momentos durísimos… y todo son
algo más que
recuerdos. Emocionalmente hablando estoy exhausta y a la vez en paz con
mi
conciencia.
Antes
de
llegar a la universidad era como el reloj parado del
cuento de Papini: “un adorno de una pared, que si lo mirabas a la
hora que marcaba
(las siete) parecía que funcionaba a
la perfección. Pero pasados eso instantes fugaces (las siete de
la mañana y las siete de la tarde)
y cuando los demás relojes
seguían, él volvía a detenerse. Yo también he sentido esos
momentos fugaces,
en los que como
él, he podido crear, sentir, volar, soñar…y, como
él, he querido aferrarme a ellos
creyendo que
podría hacerlos durar para siempre, pero también
a mi se me escapa el tiempo de los otros (vuestro tiempo). Pasado
ese
tiempo, él volvía a su rutinaria
vida
estática, pero para él la vida
de verdad era la suma de aquellos momentos
que aunque fugaces,
nos permiten percibir la sintonía con el universo”.
Esos
momentos fugaces son los que he vivido en vuestra
compañía (profesores y
compañeros). Así, por todo ello, permitidme
que os exprese mi gratitud.
Dedicado a los alumnos
de 3º
de Infantil y a
todos los profesores que nos acompañaron en el camino y muy
especialmente a: María
(la incertidumbre), Lidia (el
atrevimiento), Ana (la inocencia),
Ana Isabel (el tesón), Marisa (la
generosidad), y a mi sonrisa, Mayca (la
voluntad).
Nota: el
título es porque como
dice Rosana en una carta se puede
expresar todo aquello que no “puedes” decir y
lo de urgente porque no quiero que
acabe
llegando tarde ni cuando
ya no hay nadie.
Con todo mi corazón
Begoña
Rivas