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E. U. DE MAGISTERIO DE TOLEDO |
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FELICIDAD Y SABER
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por
Victoria del Blanco Pérez
"Es
mejor
ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un
Sócrates
insatisfecho que un necio satisfecho". J. S. MILL
El brillante filósofo inglés John Stuart
MILL (1806-1873) estudioso de letras clásicas, lógica,
química y economía, escribió
esta impactante frase en una de sus principales obras, El Utilitarismo,
tratado de filosofía moral cuyo título constituye
la declaración explícita de una postura ética que
marcó época y de la cual Mill
es representante. El utilitarismo se rige por
Hace años leí por primera vez esta obra y una vez
llegué a las
líneas citadas nunca volví a olvidarlas. Hasta
entonces siempre había escuchado que el saber y la felicidad son
inversamente
proporcionales, es decir, que cuanto más ignorante se es,
más feliz, y al
contrario. Luego no es la sabiduría la que da la felicidad, sino
la ignorancia
en todo caso, pero eso es triste de pensar en mi futura
profesión de maestra y,
sin embargo, razonable.
Cuando eres niño
sabes sobre muy poco pero
eres muy feliz (normalmente) mientras que, al crecer, aprendes que la
vida no
es tan maravillosa como leías en los cuentos, te
desengañas, tomas conciencia
del esfuerzo que conlleva perseguir tus sueños, de los problemas
y las
injusticias que hay en el mundo, de la maldad que todo lo ensucia...y
todas
estas cosas no te hacen precisamente feliz. Hay buenos momentos, claro
está,
muchas veces son los más, pero en la ignorancia también
se tienen y no se
conocen las miserias propias ni las desgracias ajenas que provocan
sufrimiento.
¿Cómo justificar entonces la búsqueda del saber?
¿No es la felicidad el fin
último que persigue todo ser humano? ¿Acaso puede
anteponerse el ansia de
conocimiento a la felicidad?
Y de pronto surge la frase
citada. Mill no
pretende negar que la felicidad acompañe más a menudo a
la ignorancia que a la
sabiduría, lo que afirma es que, pese a todo, la dignidad del
ser humano está
en nuestra inclinación al conocimiento, la satisfacción
de los deseos
intelectuales, y no debemos renunciar a este tipo de placer aunque nos
parezca
que no nos hace tan felices como la permanencia en la ignorancia, ya
que la
felicidad que nos depara, no siendo igualmente intensa, puede
calificarse como más
humana.
De este modo, los futuros
maestros y, en
general, cualquiera de nosotros -pues todos en un momento dado seremos
responsables de algún aprendizaje ajeno- podemos consolarnos
pensando que la
tarea desempeñada, a pesar de robar parte de la inocencia a los
niños –y a los
no tan niños- y con ella, quizá, algo de su ingenua
felicidad, también les
ayuda a ser más humanos, más personas.
Con esto no se pretende
insinuar, por
supuesto, que haya hombres que sean más que otros o más
dignos de serlo por el
mero hecho de saber más. Se trata simplemente de una
cuestión de categorías de
placeres según la cual, existirían distintos tipos de
apetencias o deseos
humanos cada uno de los cuales tendría un determinado nivel. La
satisfacción de
tales deseos junto con el consecuente placer originado daría
lugar a cierto
grado de felicidad.
Compartimos con nuestros
parientes animales
muchas apetencias cuya satisfacción nos produce placer, mientras
que algunos
otros de nuestros deseos, como los intelectuales, sólo nosotros
podemos
imaginarlos. La felicidad que a un ser humano aporta la
satisfacción de uno u
otro placer es distinta, por tanto, según Mill,
deberíamos, como humanos que
somos, renunciar al cúmulo de placeres primarios por los
intelectuales, pues
aun siendo éstos más difíciles de satisfacer y
más lenta su culminación, son
beneficiosos, según el principio de utilidad, por otorgarnos una
felicidad de
superior calidad.
Por tanto, si tenemos la
oportunidad de
aumentar nuestro conocimiento y estimular el placer intelectual que
conllevaría
el hacerlo, no debemos temer la renuncia a una parte de nuestra vida
feliz, colmada
de placeres más sencillos y rápidos de conseguir, porque
tendremos la recompensa
de otro tipo de felicidad.
En la vida práctica, cotidiana, tendríamos
un ejemplo en la desesperación que puede producirnos, en
determinados momentos
de reflexión, el conocimiento del sufrimiento de buena parte del
mundo, de
numerosos seres humanos iguales a nosotros, personas con las que, por
empatía, nos
identificamos compadeciéndolas y padeciendo-con
ellas sus miserias. Podríamos pensar que si no supiéramos
de ello, si
ignorásemos la existencia de tal injusticia, viviríamos
más felices y quizá sea
cierto. Pero sabemos. A estas alturas de siglo, la información
está al alcance
de cualquier mano –en el mundo occidental- y nosotros, como humanos que
somos,
hemos conservado el ansia de conocimiento a través de nuestra
historia. Si
conocemos ese estado de necesidad en el que se encuentran quienes
podríamos ser
nosotros mismos, entonces podemos ayudarles, podemos pre-ocuparnos,
ocuparnos en ellos, y ser felices, a pesar de la
tristeza de conocer estos males, de una manera más humana: dando
felicidad al
otro. ¿Habrá algún grado de felicidad superior?
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