Nº 13
Revista "El Recreo"
E. U. DE MAGISTERIO DE TOLEDO
Diciembre 2006


FELICIDAD Y SABER

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por
Victoria del Blanco Pérez

 

 
Condena de Sócrates

"Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho; mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho". J. S. MILL

 

     El brillante filósofo inglés John Stuart MILL (1806-1873) estudioso de letras clásicas, lógica, química y economía, escribió esta impactante frase en una de sus principales obras, El Utilitarismo, tratado de filosofía moral cuyo título constituye la declaración explícita de una postura ética que marcó época y de la cual Mill es representante. El utilitarismo se rige por la Utilidad o el Principio de mayor Felicidad como fundamento de la moral, entendiendo por felicidad el placer y la ausencia de dolor. Se asume que una de las formas principales de placer es la satisfacción de los deseos, por lo que podemos deducir en qué sentido emplea el filósofo el término “satisfacción”.

 

     Hace años leí por primera vez esta obra y una vez llegué a las líneas citadas nunca volví a olvidarlas. Hasta entonces siempre había escuchado que el saber y la felicidad son inversamente proporcionales, es decir, que cuanto más ignorante se es, más feliz, y al contrario. Luego no es la sabiduría la que da la felicidad, sino la ignorancia en todo caso, pero eso es triste de pensar en mi futura profesión de maestra y, sin embargo, razonable.

 

     Cuando eres niño sabes sobre muy poco pero eres muy feliz (normalmente) mientras que, al crecer, aprendes que la vida no es tan maravillosa como leías en los cuentos, te desengañas, tomas conciencia del esfuerzo que conlleva perseguir tus sueños, de los problemas y las injusticias que hay en el mundo, de la maldad que todo lo ensucia...y todas estas cosas no te hacen precisamente feliz. Hay buenos momentos, claro está, muchas veces son los más, pero en la ignorancia también se tienen y no se conocen las miserias propias ni las desgracias ajenas que provocan sufrimiento. ¿Cómo justificar entonces la búsqueda del saber? ¿No es la felicidad el fin último que persigue todo ser humano? ¿Acaso puede anteponerse el ansia de conocimiento a la felicidad?

 

     Y de pronto surge la frase citada. Mill no pretende negar que la felicidad acompañe más a menudo a la ignorancia que a la sabiduría, lo que afirma es que, pese a todo, la dignidad del ser humano está en nuestra inclinación al conocimiento, la satisfacción de los deseos intelectuales, y no debemos renunciar a este tipo de placer aunque nos parezca que no nos hace tan felices como la permanencia en la ignorancia, ya que la felicidad que nos depara, no siendo igualmente intensa, puede calificarse como más humana.

     De este modo, los futuros maestros y, en general, cualquiera de nosotros -pues todos en un momento dado seremos responsables de algún aprendizaje ajeno- podemos consolarnos pensando que la tarea desempeñada, a pesar de robar parte de la inocencia a los niños –y a los no tan niños- y con ella, quizá, algo de su ingenua felicidad, también les ayuda a ser más humanos, más personas.

 

     Con esto no se pretende insinuar, por supuesto, que haya hombres que sean más que otros o más dignos de serlo por el mero hecho de saber más. Se trata simplemente de una cuestión de categorías de placeres según la cual, existirían distintos tipos de apetencias o deseos humanos cada uno de los cuales tendría un determinado nivel. La satisfacción de tales deseos junto con el consecuente placer originado daría lugar a cierto grado de felicidad.

 

     Compartimos con nuestros parientes animales muchas apetencias cuya satisfacción nos produce placer, mientras que algunos otros de nuestros deseos, como los intelectuales, sólo nosotros podemos imaginarlos. La felicidad que a un ser humano aporta la satisfacción de uno u otro placer es distinta, por tanto, según Mill, deberíamos, como humanos que somos, renunciar al cúmulo de placeres primarios por los intelectuales, pues aun siendo éstos más difíciles de satisfacer y más lenta su culminación, son beneficiosos, según el principio de utilidad, por otorgarnos una felicidad de superior calidad.

 

     Por tanto, si tenemos la oportunidad de aumentar nuestro conocimiento y estimular el placer intelectual que conllevaría el hacerlo, no debemos temer la renuncia a una parte de nuestra vida feliz, colmada de placeres más sencillos y rápidos de conseguir, porque tendremos la recompensa de otro tipo de felicidad.

 

     En la vida práctica, cotidiana, tendríamos un ejemplo en la desesperación que puede producirnos, en determinados momentos de reflexión, el conocimiento del sufrimiento de buena parte del mundo, de numerosos seres humanos iguales a nosotros, personas con las que, por empatía, nos identificamos compadeciéndolas y padeciendo-con ellas sus miserias. Podríamos pensar que si no supiéramos de ello, si ignorásemos la existencia de tal injusticia, viviríamos más felices y quizá sea cierto. Pero sabemos. A estas alturas de siglo, la información está al alcance de cualquier mano –en el mundo occidental- y nosotros, como humanos que somos, hemos conservado el ansia de conocimiento a través de nuestra historia. Si conocemos ese estado de necesidad en el que se encuentran quienes podríamos ser nosotros mismos, entonces podemos ayudarles, podemos pre-ocuparnos, ocuparnos en ellos, y ser felices, a pesar de la tristeza de conocer estos males, de una manera más humana: dando felicidad al otro. ¿Habrá algún grado de felicidad superior?


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