SINNUMEROLANDIA
    Erase una vez un niño llamado Pedro al que no se le daban bien los números, le  costaba mucho aprenderlos y, además, no les encontraba ninguna utilidad. Por eso su papá siempre le decía: "verás, verás .... un día van a venir a por ti los soldados de Don Numérico, que es muy malvado con aquellos que no se aprenden su dinastía".

    Y, así fue, una noche mientras Pedro dormía entraron por su ventana, lo enrollaron en su sábana y se lo llevaron a SINNUMEROLANDIA dejándolo allí con un papel que decía: "ve a ver a Sinnumeroso que vive en la calle Suma". Cuando Pedro despertó y leyó la nota se puso manos a la obra, comenzó a andar y llegó al centro de la ciudad buscando la calle Suma.
 
 

 
 
 

    La ciudad era oscura, sucia y fea, y Pedro se dio cuenta de que los habitantes eran muy raros ¡todos tenían forma de cifra! Los coches pasaban a mucha velocidad sin que nadie dijese nada, de hecho parecía que no controlaban la velocidad, y además veía que en cada coche viajaban muchos individuos.
 
 
 

 
 
 
 

    Asombrado le preguntó a un habitante con forma de 3 dónde estaba la calle Suma quien le dijo que ya estaba en ella y que era la más grande de la ciudad. Pedro miró al frente y observó que era larguísima, mucho más que las de su propia ciudad. Preocupado volvió a preguntar al personaje con forma de 3 por Sinnumeroso, el cual le dio como respuesta "tienes que andar muchas manzanas", "vale, pero ¿cuántas son muchas?" contestó Pedro, a lo que el curioso tipo volvió a responder "pues... muchas son muchas".

    Animoso Pedro empezó a recorrer la calle Suma, preguntando a unos y otros por Sinnumeroso hasta conseguir encontrar su casa. Una vez hechas las presentaciones y narrado Pedro la odisea sufrida para encontrarle por carecer la calle de referencias claras, Sinnumeroso, con los ojos encendidos, le habló diciendo: "tú nos vas a salvar del malvado Don Numérico".

-- ¿Yo?, contestó Pedro

-- Sí, tú.

-- ¿Y cómo?

-- Muy fácil, tú sabes algo que nosotros no sabemos y que en Sinnumerolandia el único que lo sabe es Don Numérico; esto le permite controlar todo lo que hacemos, ya que no sabemos hacer nada sin su ayuda;  todo lo sabe él y sólo él, por eso está así nuestra ciudad. Si tú nos enseñas lo que él sabe, todos seríamos más felices.

-- Pero, ¿qué es lo que yo sé que vosotros no sabéis?, preguntó Pedro de lo más intrigado.

-- Eso sólo lo sabes tú, y tendrás que darte cuenta de lo que es; nosotros, como no lo sabemos, no te podemos ayudar. Dijo Sinnumeroso.

-- Bueno, me quedaré unos días en tu casa mientras lo pienso, ¿vale?.

    Entonces Pedro empezó a buscar la solución, salía a pasear y observaba las cosas curiosas que pasaban en aquella ciudad:

    . los coches no llevaban matrícula, por tanto no se diferenciaban unos de otros, tampoco llevaban cuentakilómetros ni velocímetro,

   . en las calles no había señales de velocidad,

    . había muchos sinnumerosos dentro de los coches,

    . las casas no estaban numeradas a lo largo de la calle,

    . no podían jugar a ningún deporte, pues las normas decían que jugaran muchos o pocos y eso era un caos.

    . se compraba por puñados de monedas, acabando siempre en discusión, pues el vendedor decía que eran pocas y el comprador que le había dado muchas.

    Ante estas y otras observaciones más, Pedro descubrió qué era lo que fallaba en todas las situaciones: ¡¡el conocimiento del número!!, aunque todos los habitantes de aquella extraña ciudad tuviesen forma de cifra, ¡no sabían lo que eran!, ¡no sabían cómo combinarse! Entonces Pedro enseñó a Sinnumeroso la dinámica de los números y sus operaciones con gran satisfacción de éste.

    Después comenzaron entre los dos a enseñar a los demás habitantes y a explicarles la importancia de los números para contar, ordenar, identificar, clasificar, operar, medir, etc. Ante estos hechos y viendo que iba a perder el control de la ciudad y sus habitantes, Don Numérico mandó atrapar a Pedro, pero ya era demasiado tarde porque todos los habitantes conocían ya el valor y el significado de los números.

    Como consecuencia de lo aprendido, la ciudad se convirtió en un modelo de orden, limpieza, claridad y seguridad, sin que nadie engañase a sus habitantes. E incluso la cambiaron el nombre, pasó a llamarse Numerolandia.
 

 
 
 

    Más de pronto, riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing, sonó el despertador y Pedro abrió los ojos dándose cuenta de que lo vivido había sido un sueño emocionante en el que comprendió el valor de los números.
 
 

 
 
 
Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
 
Autoras:

Texto: Ana Isabel Huertos Villarreal

Ilustraciones: Yolanda Lázaro Manzano

Alumnas de la especialidad de Educación Infantil de la E.U. de Magisterio de Ciudad Real, curso 98/99.