El Puente Embrujado

Allá por la época en la que los perros hablaban, y de cada lágrima nacía una flor, había una ciudad perdida entre las montañas, la cual estaba dividida en dos. Cada parte las unía un puente embrujado.

Dicho puente se hacía llamar Guardián y tenía la cualidad de hablar. Además, era el que permitía que la gente pasase de una a otra parte de la ciudad, siempre y cuando se acertase la contraseña.

Un día se paró delante de él un panadero que quería llevar al otro lado su pan recién hecho.

- Buenos días Guardián, ¿me dejas pasar?.- le preguntó.

- No sin antes decirme la contraseña.- le respondió.

- Tus piedras son como perlas en el mar azul.- dijo el panadero.

- No. La contraseña es "tiri, tiri, tam tum", así que en estatua te convertirás tú.

Entonces, de forma mágica salieron unos rayos luminosos, que impactaron en el cuerpo del panadero transformándolo en estatua.

Al día siguiente se acercó al puente embrujado una lechera, que llevaba leche recién ordeñada a las casas del otro lado.

- Buenos días Guardián, ¿me dejas pasar?.- le preguntó.

- No, sin antes decirme la contraseña.- le respondió.

- Tus arcos parecen las ventanas que nos enseñan el paraíso.- dijo la lechera.

- No. La contraseña es "tiri, tiri, tam tum", así que en estatua te convertirás tú.

Y ¡¡pumb!!, se convirtió en estatua.

Existía en uno de los lados de la ciudad un vuiejo pastor que tenía una nietecilla. Esta era muy, muy lista y astuta. Su abuelo le advirtió del peligro que había al intentar cruzar el puente, pero como ella era inquieta y le gustaba descubrir y ver cosas nuevas, decidió ir hasta donde se encontraba el Guardián.

Una vez allí, se escondió entre unos matojos que había cerca del puente. Pasaron unos minutos y de repente llegó un sastre que dijo:

- Buenos días Guardián, ¿me dejas pasar?.- le preguntó.

- No, sin antes decirme la contraseña.- le respondió.

- Tus pilares son fuertes como patas de elefante.- exclamó el sastre.

- No. La contraseña es "tiri, tiri, tam tum", así que en estatua te convertirás tú.

Y el pobre se volvió de piedra.

La pastorcilla, desde su escondite, oyó y vió lo que había ocurrido y, llena de coraje, decidió hacer frente al puente embrujado.

- Buenos días Guardián, ¿me dejas pasar?.- le preguntó.

- No, sin antes decirme la contraseña.- le respondió.

- La contraseña es: "tiri, tiri, tam tum".

- ¡¡Ahgg!!, ¡¡no puede ser, no puede ser!!.- gritó lleno de pánico.

Y el Guardián se transformó en un simple puente, y las personas convertidas en estatuas fueron liberadas de su encantamiento.

Desde entonces los dos lados de la ciudad se unieron, eliminándose las diferencias entre unos y otros.

Ya todos se entía felices por poder moverse con libertad, de poder cruzar el puente y, sobre todo, de saber que por mucha brujería y maldad que haya, con inteligencia y buen corazón se puede conseguir cualquier cosa.

FIN

Autoras: Manuela López Candelas, Sagrario Muñoz Crespo, Ana Isabel Trujillo Rodríguez,

Ana Belén Vela Sánchez

E.U. de Magisterio de Ciudad Real, Especialidad de Educación Infantil, 2º curso