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Cómo hacer un (buen) trabajo académico

(introducción muy breve)

Remo Fernández-Carro

El primer requisito para hacer un (buen) trabajo académico es tener algo que decir.

Comenzar a escribir sin una idea, aunque sea germinal, de lo que quiere ponerse negro sobre blanco es perder el tiempo. De modo que el primer paso es hacer una buena investigación sobre un tema que nos interese. Si el tema no nos interesa mucho —a lo mejor porque es un trabajo pedido por el profesor, por ejemplo— aún podemos aliviarlo centrándonos en lo que menos nos aburra o aquello en lo que pensamos que podemos aportar algo más. En todo caso, un trabajo académico suele requerir al menos hacer algunas lecturas sobre el tema que se propone —material secundario— y, quizá después, una investigación que produzca material primario —es decir, que no haya hecho nadie antes—.

En segundo lugar es necesario organizarlo.

Lo mejor es construir un argumento que nos lleve desde una o unas preguntas de investigación, que pongan de forma explícita lo que queremos saber, a unas conclusiones en que se responda a aquella o aquellas preguntas. Si el trabajo es una investigación original podemos desarrollar las preguntas mediante unas hipótesis. Una hipótesis es una explicación de lo que nos esperamos encontrar al final de la investigación. [Un ejemplo] Las preguntas y las hipótesis tienen que tener sentido: tenemos que respaldarlas con alguna teoría. Nuestras preguntas e hipótesis también pueden ir contra alguna teoría. Una vez que tenemos las preguntas de investigación y las hipótesis debemos aclarar qué datos o qué información debemos recoger que confirmen las hipótesis (o, mejor, qué datos podrían contradecir las hipótesis). La investigación consistirá en buscar esa clase de datos. Cuando los hemos reunido, los elaboramos y los ordenamos para saber qué encontramos en ellos y cómo corroboran —o no— nuestras hipótesis. Y, después, nos ponemos a escribir.

La estructura del propio texto académico calca esta estructura de la investigación. Es como si fuera contando una historia en la que el personaje principal es el argumento que defendemos. Presenta primero una introducción en que explicamos qué queremos conocer y por qué —las preguntas de investigación— y proponemos de qué forma vamos a estudiarlo. A renglón seguido se escribe la elaboración teórica que nos ha llevado a hacer las hipótesis y las preguntas originales, y que nos ayuda a proponer las observaciones con las que podríamos responderlas. A veces esas observaciones están en los libros ya escritos y no tenemos que hacer otra investigación que buscarlos: de la misma manera, en el trabajo contamos cómo hemos hecho para encontrar y reelaborar esos trabajos previos. En la sección siguiente se muestra la evidencia empírica —es decir, cómo recogemos los datos y qué datos hemos recogido— seguido de la elaboración y discusión de las observaciones en relación con lo que queríamos saber (¿Lo confirman? ¿Hasta qué punto? ¿Lo desmienten? ¿Completamente? ¿En qué se ve eso?). Las conclusiones son algo más que un resumen del texto: explican qué hemos aprendido y qué podríamos aprender a partir del punto en que lo dejamos.

En los trabajos académicos escribimos nuestras hipótesis para explicar al lector lo que esperábamos encontrar con nuestra investigación. Con esto le ayudamos a entender nuestras explicaciones y centramos la lectura. Por eso es importante ponerlas en la introducción —junto a las preguntas de investigación— o en la sección siguiente, de elaboración teórica.

Citar

Un (buen) trabajo académico debe citar adecuadamente los trabajos en que se basa y el origen de las ideas y los datos que no son propios. Si citamos bien, debemos incluir las referencias citadas en una lista al final (que llamamos bibliografía) o en notas a pie de página.

Así, la estructura de un trabajo escrito suele ser la siguiente:

  • Introducción
  • [Elaboración teórica]
  • [Presentación de los datos empíricos]
  • [Elaboración de los resultados]
  • Conclusiones
  • [Bibliografía (si no va en las notas)]

Los títulos de las secciones no tienen por qué ser esos tan feos;
por eso he escrito algunos de ellos entre corchetes.

Tanto el hecho de citar como el de hacerlo correctamente (siguiendo alguno de los formatos habituales) es importante. Es esencial evitar el plagio, incluso inadvertido, y hay buenas razones para hacerlo. En los documentos que enlazo desde aquí detallo todos estos aspectos.

En los enlaces que añado aquí debajo remito a otras páginas Web que explican mejor cómo hacer un trabajo académico y los detalles de formato que no abordo en esos textos.

[Hipótesis: un ejemplo]

Hacia 1821 los astrónomos habían medido con precisión el movimiento en su órbita de un planeta descubierto poco antes, Urano. Urano era un planeta raro por varias razones, aparte de ser el primer planeta que era conocido desde la Antigüedad. Una de sus rarezas era su órbita retrógrada. Otra, que en su movimiento se aceleraba y se retrasaba, que a veces parecía tener prisa. El planeta parecía saltarse las leyes de Kepler del movimiento planetario.

La explicación que dieron los astrónomos que lo descubrieron fue que había otro planeta un poco más lejos que producía esas distorsiones. Esa explicación es una hipótesis. Esa hipótesis dice, grosso modo, que “si la teoría que conocemos, la de Kepler, es correcta encontraremos un planeta un poquito más lejos”. Pero los astrónomos no se podían conformar con una hipótesis grosso modo, porque el cielo es muy grande y corrían el riesgo de ver ese planeta supuesto y confundirlo con una estrella. Como se conocían bien las leyes de Kepler sólo hacía falta un poco de cálculo para afinar la hipótesis y decir dónde iba a estar el nuevo planeta. Por las perturbaciones que causaba en Urano, en Saturno y en Júpiter ya sabían que iba a ser un planeta bien grande. Los cálculos, al final, los hicieron John Couch Adams y Urbain Le Verrier, cada uno por su cuenta. La hipótesis se había convertido en algo más preciso: “si la teoría es correcta y los cálculos están bien hechos encontraremos un nuevo planeta en las siguientes coordenadas: (…)”. Le Verrier convenció a un colega, Johann Gottfried Galle, de que usara su telescopio para observar en esas coordenadas y esa misma noche lo encontró. Después de un tiempo de discusión, los astrónomos aceptaron el nombre que había propuesto Le Verrier: Neptuno.

Al cabo de unos años, con mejores telescopios y más tiempo de observación, los astrónomos fueron descubriendo que Neptuno también sufre perturbaciones en su órbita. Vaya. Es fácil imaginar la hipótesis que hicieron: “si la teoría es correcta y hacemos bien los cálculos encontraremos un planeta en el lugar que indiquen”. Esta vez fue más difícil, porque las perturbaciones de la órbita de Neptuno eran pequeñas. Esto quería decir que el planeta que debían buscar era muy pequeño, con lo que se necesitaría unos telescopios muy precisos. ¿Qué planeta descubrieron cuando tuvieron telescopios precisos? El pobre era tan pequeño que hace poco lo han degradado a “planeta menor”.

Por cierto, con el mismo truco se han ido descubriendo otros planetas y satélites de planetas, tanto en el sistema solar como fuera de él.(1)

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(1) La historia no es tan fácil ni termina aquí: ¿qué sucedió a los astrónomos que por aquellos mismos días descubrieron que Mercurio también tenía perturbaciones en su órbita? ¿Qué hipótesis propusieron? ¿Qué sucedió cuando por fin se pudieron hacer las observaciones que proponían?