Ildefonso Cerdà
Cerdà nació en 1815 en Centelles (Barcelona) y murió en Caldas de Besaya (Santander) en 1876. Durante la I Guerra Carlista (1832-40), él y su familia, debido al origen liberal, tuvieron que huir en diversas ocasiones de su población natal. En 1833 Cerdà se dirigió a Barcelona donde realizó diversos estudios en la Junta de Comercio. Encontró una ciudad marcada por huelgas obreras, propias de la incipiente revolución industrial, y por unas condiciones higiénicas extremas, acentuadas por la epidemia de cólera de 1834. Esta situación debió decantar su interés por el estudio de la ciudad.
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La entrada de los liberales al Gobierno, coincidiendo con la llegada al trono de Isabel II en 1833, permitió la reapertura de la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid. Fundada en 1802 por Agustín de Betancourt a semejanza de la École des Ponts et Chaussées e hija de la revolución francesa, se convirtió en un centro de referencia cultural y científica del movimiento liberal español. Cerdà se trasladó a Madrid e ingresó en 1835, obteniendo el título de Ingeniero de Caminos en 1841. Estos años de formación marcarían profundamente su pensamiento.
Al inicio de su trayectoria profesional, Cerdà proyectó diversos trazados de carreteras. En 1844, en un viaje al sur de Francia, quedó fuertemente impresionado al ver por primera vez el ferrocarril, cuatro años antes de la construcción de la primera línea ferroviaria española (Barcelona-Mataró, 1848). Ante la aparición de este nuevo medio de transporte, que junto con el telégrafo, iban a generar otra civilización, Cerdà tuvo la visión que la movilidad y las comunicaciones iban a ser los elementos transformadores de las ciudades y el territorio. Tras heredar el patrimonio familiar en 1849 decidió darse de baja del Cuerpo de Ingenieros de Caminos para dedicarse plenamente a la constitución de una nueva disciplina: la Ciencia de la Urbanización.
En 1854, en la etapa de gobierno del Bienio Progresista (1854-56), se aprobó el derribo de las murallas de Barcelona. Al año siguiente le fue encargado el Plano Topográfico de los alrededores de Barcelona, que aprovechó para presentar un primer Anteproyecto de Ensanche. Pero no fue hasta diciembre de 1858, año en que Barcelona dejó de ser una plaza militar, cuando a Cerdà se le encargó la redacción del Proyecto de Reforma y Ensanche de Barcelona de 1859, aprobado definitivamente en 1860. Más tarde redactó un Anteproyecto de Reforma Interior de Madrid, bajo el título Teoría de Viabilidad Urbana (1861) donde desarrolló teóricamente la reforma de la ciudad.
Durante el período de 1860-66 participó activamente en la urbanización del Ensanche: como técnico del Gobierno Civil, concejal del Ayuntamiento y director facultativo de la sociedad inmobiliaria El Fomento del Ensanche de Barcelona. En 1863 redactó un Anteproyecto de Docks de Barcelona que le sirvió como reelaboración del proyecto de Ensanche. Cerdà desplegó toda su actividad técnica y política para llevar a cabo sus propuestas urbanísticas centradas en el Ensanche de Barcelona.
La experiencia acumulada gracias a los proyectos y teorías anteriores le llevaron a redactar y publicar el primer tratado contemporáneo de urbanismo: La Teoría General de la Urbanización (1867), previsto como manual de urbanismo para los ensanches de las ciudades españolas.
En la etapa final de su vida acentuó su actividad política. En 1871 fue elegido miembro de la Diputación de Barcelona y durante la I República (1873-74) fue nombrado vicepresidente de la Comisión Provincial y presidente en funciones de la Diputación. En este marco redactó el Proyecto de Comunicaciones y de División de la Provincia de Barcelona en 10 Confederaciones y empezó a desarrollar la Teoría General de la Rurización que no finalizó. Desgraciadamente, con la caída de la República y el inicio de la Restauración, la figura de Cerdà cayó en desgracia y su obra en el olvido.
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