UN CASO QUE NO LO ES
Norbert Kricke
El caso Beuys no es tal caso, sino
mas bien una historia lamentable elaborada por el celo grotesco de chupatintas
precipitados, con una información insuficiente y parcial; demasiado
apresurados, demasiado fanáticos; demasiadas trompetas, demasiado bombo.
Hay en el país más publicistas y comentaristas que
espíritus críticos, y esto me inquieta. ¿Por qué da
Beuys a la prensa la voz de alarma? ¿Por qué se hace el perseguido?
No es de extrañar que algunos artistas que imparten docencia en la misma
casa se sientan importunados y abrumados por él, que con sus acciones
telepáticas y su fanatismo metafísico utiliza la Academia para
celebrarse, para realizarse, para reunir votos a su favor.
Las primeras víctimas de
esta táctica fueron los propios profesores. Beuys lleva años
sugiriéndoles que defiendan sin reservas su nombramiento de funcionario.
Casi en estado de trance, veinte profesores de universidad han manifestado una
vez tras otra su solidaridad con su colega (no así el autor de estas
lineas).
Hasta que, recientemente, el
profesorado despertó; casi la mitad se poso en contra de Beuys, que
entonces se asustó. Corrió de periódico en
periódico y encontró varios dispuestos a ponerse a su
disposición. ¿Qué les importaban a los críticos
Strelow y Jappe la imparcialidad de la información y la integridad de
los hechos?
Desde entonces se han corregido la
mayor parte de los datos, se han eliminado los errores y se ha completado la
información que faltaba, pero han quedado la idolatría y el
entusiasmo acrítico. Me veo obligado a acallar las trompetas del
señor Jappe. No es culpa mía si no ha reflexionado sobre lo
que es la actividad pedagógica y sus efectos. No es culpa la mía
si considera el elevado número de estudiantes como una prueba de que el
profesor es bueno. Sin embargo, sí es culpa del señor Jappe si
confunde prosélitos con estudiantes y a un predicador con un
pedagogo.
Esta diferencia debería
estar ya clara en los preámbulos intelectuales de la pluma veloz
del senor Jappe. No es pedagógico dar a jóvenes artistas
inseguros, que avanzan aún a tientas, llaves mágicas para la vida
con las que sólo pueden abrir las cerraduras que el propio maestro ha
forjado.
La idolatría, la embriaguez
y los cánticos de salvación colectivos no deben confundirse con
el trabajo artístico que realizan profesores y alumnos, con el juego
libre del espíritu, con el diálogo que ayuda a los jóvenes
artistas a formar su personalidad.
Beuys y sus alumnos están
fuera de sí. Discipulos del maestro fanáticos atraviesan la
academia como médium teledirigidos; cuchichean y susurran y dan
muestras de una actividad insectil: son listos, diligentes y laboriosos como
pequenos chinos de Mao.
Puede decirse que hay una actividad
frenética y hueca en los pasillos, en las clases, en las escaleras, en aulas
y comedores, en paredes y puertas, en todas partes: Beuys, su partido, casi
también su asociación de estudiantes... pero muy poco de arte.
Este cuchicheo en la Academia, este
ir y venir, este desperdigarse, reunirse en los rincones, los ruidos que crecen
y decrecen, la prensa que entra y sale, la proliferación de carteles...
todo esto no es malo. Tiene algo de fantástico e interrumpe con
vitalidad encantadora la normalidad de esta casa. No deja de ser divertido ver
la actitud de conserjes y empleados en lo que se denomina su sano juicio,
observar cómo se llevan el dedo a la sien y elevan los ojos al cielo. Beuys
ama la Academia, la ama a su modo, pero a mí me da que pensar el que un
artista de hoy no pueda vivir sin adeptos y sin una institución que lo
proteja, el que se sirva de la Academia como refugio y hogar y se aferre a ella.
La necesita y la utiliza.
Esta es, pues, la imagen del vanguardista
de Alemania Occidental y el artista más audaz de nuestro tiempo, que logra interesar a todos por
su causa. Galeristas, prelados, prensa, radio y programas de televisión
exigen su admisión en el cuerpo de funcionarios. El miedo parece ser su
fuerza impulsora, un miedo profundo que aflora en todas direcciones: la
técnica es mala, la actualidad es mala, los coches son horribles, los
ordenadores inhumanos, la televisión también, los cohetes son
terribles, los átomos fusionados destrozan el mundo. Huida hacia el
pasado, perfeccionamiento del ser humano, nostalgia del ayer: viejos cacharros,
fardos con cordeles, polvo y fieltro, grasa, cera y madera, tejido gastado,
materias secas y fundidas, todo ello servido en gris, marrón y
negro, como viejos cuadros oscurecidos; polvo de museo, olor a museo en
todos los objetos ya desde su origen; un mundo crepuscular y poco
ventilado, el de sus cosas; juego continuo, escondite en escondite, cera sobre
la caja, grasa en el rincón, larga permanencia atormentada dentro de la
alfombra enrollada: él carga con todo por todos nosotros. Esta es su
reivindicación: nos suple en el sufrimiento, hace de Mesías,
quiere convertirnos, quiere lograr que la Academia adopte el papel de Iglesia
(lo que yo llamo su Jesukitsch).
El apostolado sustitutivo del arte,
evasivo e informe, y los modales de redentor se acrecientan hasta lo insoportable.
También la política debe mejorar: dejar de mentir, decir la verdad,
hacer el bien y dar la mano tiernamente. Frases biensonantes para perfeccionarnos,
proclamación de la salvación, amor al prójimo. Muy
diferente el artista en sus acciones:. sacrificio de una liebre, pintarrajos de
sangre en la cara y las paredes, y él mismo, transformado en llebre,
toma contacto con el espíritu. Espiritismo y conjuros, escenas de sacrificio ante los
paganos, todo ello expresa su nostalgia del pasado, que lo libera de la
presión y la amenaza que ve en el presente. Después de todo Beuys
procede de la orilla izquierda del Bajo Rin, que ha seguido siendo su hogar
espiritual.
¡Qué serenos,
qué artistas son Rauschenberg y Oldenburg! ¡Cuánto
más viva la inteligencia en Dalí y Tanguy, cuánto
más valor, qué gran humor! Volamos y tenemos coches, los
ordenadores funcionan, aterrizamos en la luna: ¿todo esto no
significa nada?
El arte nos trae lo nuevo, Beuys
nos trae lo viejo. Si nuestro mundo estuviera fabricado con sus materiales,
sería de cartón, fieltro y papel, y espiritualmente aún
más antigno. Este artista no ha dado forma aún a ningún
fenómeno de nuestro siglo. Su visión del mundo, su espíritu
de grupo, su fiebre comunitaria no cuentan como esa forma que él
todavía nos debe. El artista ofrece un poquito de cada cosa, un poco de
frío, un poco de calor, de cruz y de sangre, de bondad, de maldad... y
todo ello teñido de sentimentalismo. El caso Beuys no es tal caso, al
menos no es un caso artístico, más bien parece un caso para
sociólogos, politólogos, psicólogos, teólogos,
mitologos y, last but not least, funcionariólogos.
"Die Zeit", 20-12-68