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El lector que haya seguido el análisis de los
diferentes timbres de los entonarruidos tal vez estará incrédulo
respecto a las calidades de estos timbres y acerca de los méritos
de cada uno de los entonarruidos; será en fin todavía
esclavo del viejo prejuicio según el cual el ruido no puede
ser musical.
Pues bien: el examen que he hecho de los entonarruidos
es sin embargo un examen más bien SEVERO.
Las calidades de estos instrumentos son superiores
a lo que he dicho sobre ellas.
Todos los que han podido escucharlos no sólo
en los conciertos más o menos borrascosos, sino en la tranquilidad
y en la calma de una sala privada, todos los que los han escuchado
uno después de otro y que han podido darse cuenta exactamente
de las variadas posibilidades y los variados timbres han constatado
unánimemente la fascinación, la belleza, la novedad
de la emoción que estos producen.
Y tengamos en cuenta que el conjunto de todos
estos instrumentos, muy lejos de dar un desagradable o cacofónico
amasijo de ruidos ensordecedores, puede en cambio dar unas amalgamas
dulcísimas, llenas de fascinación, de misterio, manteniendo
siempre, incluso en los fortísimos, una musicalidad sorprendente.
Debo decir sin embargo que para que se pueda obtener
este resultado es necesario que los intérpretes estén
bien entrenados, que tengan práctica con los instrumentos
y cuiden la entonación con el máximo celo. (Cosa por
lo demás necesaria en cualquier orquesta).
¡Esta ejecución perfecta sólo
la he podido obtener en Milán, donde por el contrario la
bestialidad del público impidió que se escuchara un
solo movimiento!
Insisto en la dulzura de ciertas amalgamas que
pueden obtenerse con los entonarruidos, pues es lo que menos se
imagina en favor de estos instrumentos, y para apreciarla es necesario
el silencio más absoluto en la sala.
Nadie puede imaginar qué dulzura y que
fascinación se obtienen con modulaciones armónicas
y acordes sostenidos, dadas por ejemplo con la unión de los
aulladores bajos y medios, del silbador bajo y el
zumbador, y qué maravilloso contraste resulta si sobre
esta amalgama entra repentinamente un crepitador agudo a
modular un tema, o los gorgoteadores a apoyar determinadas
notas o a marcar los ritmos. Es un efecto absolutamente desconocido
en las orquestas; como también ninguna orquesta, que no sea
la de los entonarruidos, puede dar la sensación del pulsar
de vida agitada, exaltante por intensidad y variedad rítmica,
que se puede obtener con la unión de los estruendores,
de los explotadores, de los crepitadores y de los
frotadores.
He agregado a mi orquesta (y encuentro utilísimo
el añadido) dos timbales, un sistro y un xilófono
que ponen, con su timbre bien claro y seco, un contraste interesante
en los timbres complejos de los entonarruidos.
Y aquí es oportuno tocar la cuestión
de la posibilidad de unir los entonarruidos a la orquesta común.
Puesto que la musicalidad es incontestable, y
la entonación, en los entonarruidos, resulta perfecta, es
lógico y natural que se puedan incorporar a la orquesta común.
El primero entre los músicos de vanguardia,
mi querido amigo y hermano futurista Pratella ha realizado dicha
unión en su ópera El Héroe. Y estoy
seguro de que otros (la autorización me ha sido ya solicitada
por varios compositores) querrán seguir el ejemplo de Pratella.
Sin embargo, mi objetivo es y será siempre
completar y ampliar la orquesta completa y únicamente integrada
por entonarruidos. Para lograrlo me sirven de estímulo los
resultados más que suficientes ya obtenidos, con el fin de
que la orquesta de entonarruidos sea y deba permanecer como una
cosa aparte, pero completa.
Puesto que una de las razones que más me
han impulsado a ampliar el campo de los timbres orquestales ciñéndome
a los ruidos fue precisamente el cansancio que padece nuestro
oído al escuchar los timbres ya demasiado comunes de
la orquesta misma, y la casi imposibilidad que se constata, incluso
en los orquestadores modernos más evolucionados de crear
nuevas amalgamas a partir de los escasos y demasiado viejos
timbres que las orquestas comunes pueden ofrecer.
¿Quién no conoce ya hasta la saciedad
los timbres de los instrumentos con arco, de las trompetas y los
pequeños instrumentos?
¿Quién puede tener aún la esperanza
de recibir de estos instrumentos emociones nuevas? ¡La emoción
que estos pueden seguir proporcionando es sin duda la de abrir la
boca en un inevitable bostezo! Y el bostezo no es precisamente la
más nueva de las emociones...
El estupor que produce la novedad absoluta de
los timbres, y el hecho de escuchar timbres de ruidos convertidos
en musicales, provocan un conjunto de sensaciones, nuevas para
el oído, del que justamente deriva la emoción
profunda que se experimenta al escuchar la orquesta de entonarruidos.
Y dado que el timbre complejo del ruido, debido
a la riqueza de los sonidos armónicos que lo componen, tiene
una indeterminación por la cual el oído intuye pero
no se explica dicha composición, resulta difícil que
el oído se canse.
Cuando una sensación se ha vuelto común
para nuestros sentidos, cuando nuestros sentidos la comprenden perfectamente,
cuando ya nada oculto puede revelarles, dicha sensación
deja de producirnos emoción alguna.
La audición muchas veces repetida de la
orquesta de entonarruidos siempre tiene emociones nuevas que proporcionarnos,
porque nuestros sentidos no tienen la posibilidad de desbrozar tan
fácilmente los elementos que la componen y hallan por tanto
en la involuntaria búsqueda de tales elementos características
siempre nuevas que descubrir y que aclarar, de tal manera que en
nosotros permanece siempre vivo el interés y la atención
siempre alerta.
Me quedan todavía por decir unas pocas
palabras sobre las posibilidades de obtener de la orquesta de entonarruidos
todas sus capacidades, a través de los intérpretes.
Los entonarruidos, como ya he dicho, tienen una
escala graduada que indica los distintos puntos a los que se lleva
la palanca para obtener los diferentes tonos y semitonos.
Pero es fácil entender que son, a pesar
de esto, instrumentos de entonación libre. Es sobre todo
el oído el que debe percibir cuándo el tono es justo,
y es también necesario que la mano se habitúe a determinados
movimientos de una determinada amplitud, en el desplazamiento de
la palanca, para poder llevar de inmediato el tono a la altura debida.
No ocurre de un modo distinto en el caso del violín,
la viola, el violonchelo y el contrabajo.
Es útil por tanto, en cuanto a la elección
de los intérpretes, buscar músicos ya acostumbrados
a tocar instrumentos de entonación libre, puesto que su oído
está generalmente más atento y es más sensible
a una entonación perfecta.
Por lo demás, un intérprete que
sea un poco abierto e inteligente consigue, después de unos
cuantos ensayos, adquirir la suficiente práctica del instrumento
como para poderlo entonar con suficiente precisión.
Recuerdo, por ejemplo, que en Milán, cuando
preparé la interpretación en el Dal Verme, al quinto
ensayo ya se podía escuchar algún principio de ejecución
discreta.
Al séptimo u octavo ensayo la interpretación
fue buena, al undécimo era excelente.
Si luego, como de hecho estoy convencido, la orquesta
se difunde y los intérpretes tienen cada uno su instrumento
en casa, para poder ejercitarse, se llegará sin duda a tener
con pocos ensayos interpretaciones buenísimas.
Y también se podrá contar con intérpretes
capaces de ese virtuosismo que resulta detestable cuando tiene pretensiones
artísticas, pero que es muy útil en un intérprete
de orquesta.
Las dificultades de lectura para las transiciones
enarmónicas fueron limitadas por mí lo más
posible, adoptando el sistema de grafía del que he hablado
sólo y únicamente para las transiciones que lo requerían.
Por ejemplo, escribía todo lo que no era
enarmónico con las notas comunes, y sólo utilizaba
la nota-línea en las transiciones enarmónicas, cuya
duración venía determinada por los cuartos que quedaban
para completar el compás o, si era más largo que un
compás, ésta se indicaba con líneas verticales.
Dicha lectura resultó pues facilísima para todos.
Como se ve entonces, las dificultades para las
interpretaciones de la orquesta de entonarruidos no son tan grandes
como parecería a primera vista: la única gran dificultad
parece seguir siendo la brutalidad del público, que no quiere
escuchar... pero esperamos, incluso creemos firmemente, poder vencerla
también.
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