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músicas de ágora y de bronce (manual para perderse) oir llorenç barber |
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max beckmann,
1918 1.- ¿y cómo vamos a asaltar el cielo y sus umbrosos paraísos si no somos capaces de tomar sonoramente nuestras calles, plazas y avenidas? 2.- el sonar tiene lados obscuros, inmensos enigmas que inquietan, desasosiegan, etc., y lados más claros y distintos. los compositores trabajan más con este lado, algunos músicos raros no obstante preferimos el lado inefable del sonar. quizás por ello yo trabajo con campanas, un instrumento hecho de obscuridades, fuegos, tinieblas y miedos, más su inacabable serie de melancolías e inevitables ecos. 3.- el crear no tiene morada, muchas veces es complejo deleitarse escuchando y atendiendo la realidad tal como suena y tal como nos gustaría que fuese sonada. 4.- ¿y quién nos comió el espacio a los músicos? bien es verdad que los espacios íntimos del alma, o el inmenso espacio virtual están llenos de posibilidades sónicas inagotables; pero salimos de paseo, vamos al bar, a la oficina, al súper o subimos al taxi ¿y qué escuchamos? 5.- la escucha está devaluada, o simplemente neutralizada por oblicua, por saturada, por banalizada... hemos de revolvernos, volver a una sobriedad adecuada, razonable. 6.- dar un concierto de campanas es intervenir la realidad mediante un minucioso rastreo en pos del fugitivo sonar de todos los mitos, voces y testimonios del mágico relacionarse con lo otro y los otros. 7.- sonar la ciudad mediante campanas ( o cualquier otro artilugio) es dar dimensión al sonar, hacemos viajar al son, ir y volver, hasta el punto de que cobra color el ir sónico y su ocre eco: se da tono al aire, el sonar viajero cobra carácter etéreo. 8.- es el sitio, el locus, el que voca a su son, y este vocar conforma un determinado sonar enmaridado ( o al menos encamado) al ámbito o contexto, dando lugar a un singular ser de cada ubi, ¿la voz perdida del genius loci? 9.- vivir en el son(ido). meterse, viajar y desaparecer con él. desde adentro, cada cual compone su memoria, sus emociones, su biografía. 10.- somos rehenes de nuestros o(h!)ídos. 11.- el sonar es el que decide que algo/alguien se abra, que los agujeros y vacíos se rellenen, que de nuevo el viaje - la búsqueda - recomience. 12.- toda nuestra experiencia es sonido. todo sonido es interpretación, esto es, un intento de acoger lo que el cosmos - lo otro- es o quiere ser. es pues a través de la escucha como encontramos un suelo común. 13.- uno de los instrumentos más cosmológicos, menos humanos por ende es la campana cuyo sonar extranjero lo es de suspensiones (de limbos) entre realidades conocidas unas, intuídas otras. un sonar que es caza, actividad cinegética. hay veces que el son, cazado al aire, deviene parloteo. 14.- sonar es una batalla de existencia. es postular lo fundamental: vivo y no estoy solo (no quiero estarlo, al menos). 15.- las campanas son sonadas sombras de "viejos y sucios dioses", como diría sigmund freud. 16.- desde hace años utilizo en mis conciertos de campanas una curiosa manera de poner en vibración las campanas, no mediante los pesados badajos, sino mediante varillas metálicas de diversos diámetros que exploran distintas partes del bronce, hurtando al auditor el ataque o percusión y llenando el espacio ciudadano de resonancias coloreadas y desmaterializadas. una especie de música sin líneas, vaporosa, como de gas sin superficie delimitada. así es, si no teníamos bastantes imprecisiones, desplazamientos y dispersiones, una más se suma a ese constante regatear límites, reconocimientos y permanencias que es todo sonar campanero. un motivo más para desalentar a perezosos, snobs y superficiales analistas, tan pegados a lo fácil y distinto. no olvidemos que es ésta una música de ascetismo fundamental, se trata además de una música cuya pérdida de vestigia le añade un cierto anonimato. este sonar dubitativo de los bronces constituye un no falócrata sonar, en las antípodas del rotundo badajear que escancía el territorio, por contra crece aquí un sonar acariciador, puro perfume sónico que, volátil, más se adivina que se oye. tras este jugar con lo efímero de lo efímero, podemos afirmar que las campanas no sólo hablan, como siempre se ha dicho, sino que musitan, silvan, susurran y gruñen. su violar el aire dulcemente, mediante insinuaciones y sus más o menos difusas fusas, conforman un fronterizo casi no ser sonante. 17.- la ciudad es también un territorio inventado, mental. su confrontarse con el territorio "real" crea una tensión (¿una música?) que será útil sólo si la realidad no acalla sino que coadyuva a lo mental. en efecto hay un intervalo (si no lo hubiere hay que forzarlo) entre lo inventado/soñado y la dura fisicidad de lo urbano, y ese es el lugar de donde cuelga el sonar de las campanas, un territorio, fieramente (in)tangible e "in between". 18.- se trata de poner en pie una música que sea oponente frontal del desastre que es el andar escuchante por nuestras urbes. y cuando digo urbes digo pueblos y aldeas también, el proceso de urbanización del planeta parece no querer dejar resquicios ni paraísos: todo está más y más manchado de un urbanícola sonar, ubicuo y plastificado. 19.- la ciudad, en un concierto plurifocal de campanas, no es un escenario donde se presenta un drama cósmico o humano, sino que la urbe, con su contrahecho urbanismo de materiales y superficies equis es artífice vivo de acumulaciones, proyecciones, rarificaciones, rebotes, ecos y un largo etcétera que hacen del territorio un singular instrumento irrepetible. o sea, no sonamos sobre o en la urbe, sino con y a través de la urbe, o si se prefiere, es ella la que suena al intervenir nosotros badajo en ristre. 20.- la escucha es también transcurso (acumulación, recorrido, dilación, andadura, etc.). 21.- como en tantas cosas que valen la pena, se trata de no conformarse, como ser social, con contemplar el juego y propinar críticas desde las gradas. Un concierto de ciudad es un resuelto saltar al terreno de juego a disputar el balón a los motores, las apatías, los transistores y las exquisiteces de los snobs. Es la apoteosis de la movediza plurifocalidad, un ganarse a calcetín el locus. 22.- ¡extraña cercanía esta del sonar! sobre todo del sonar del bronce. es una cercanía que nos familiariza con una obscuridad contumaz, que nunca acaba de hacerse patente desvelándose, por más que infatigables, los barqueros-campaneros se pongan a ello dándole fuerte a la hendidura de la duración que es el lanzar badajazos al aire (¡extraño!¿no?). 23.- un concierto de campanas es una propuesta compositiva a atender a pie de obra, esto es, para escuchar en pie, o mejor, con un pie en el estribo, prestos a la marcha escudriñadora. se postula una escucha de agilidad alertopédica ( o sea, con el pie siempre alerta). 24.- una música, la de ciudad, que echa a volar al ventarrón del tiempo, y que sin duda seguirá soplando sus caprichosas páginas llenas de fiesta y socarrón enroque. 25.- insisto: más que tarea de autor, el sonar campanas es un algo esforzado que nos permite entendernos un poco más entre nosotros, y con el (degradado) entorno. por contra, con la idea de "opus" se refuerza la idea de límite y con ella se profundiza la separación entre vida y arte, yo y cosmos. 26.- saber analógico: el sonar es el latir de ciertas almas sin vida del cosmos. 27.- no olvidar que las campanas y sus sones tienen ya de por sí unas biografías muy azarosas, y casi no necesitan que llegue un compositor para darles "dignidad" ni "carácter". les resbala todo eso, creo. 28.- ya lo decía gorki: "miro la calle como si por ella pasara el mundo". 29.- pasarse a escuchar campanas es abrirse a una escucha conjetural, catastrófica a veces, un escuchar que es sólo rozar vértigos y "vestigia". 30.- terribilis locus iste. es rilke quien nos recuerda el vecindaje y roce entre lo bello y lo terrible. un concierto de campanas es una acción "beterriblella". 31.- el género urbanita-humano
ha tenido que generar, mediante su sistema nervioso una gigantesca máquina
de "docta ignorantia", de destrucción de información -también
sonora- para alcanzar un algo de pseudo-silencio en el que poder vegetar
y subsistir. en efecto los urbanitas somos maestros ya en elegir, amortiguar
y suprimir: oyendo, hacemos como que no escuchamos para poder atender
auditivamente a algo, a alguien o incluso a nosotros mismos. 32.- la verdadera biografía de una ciudad se detecta en su sonar. 33.- música e inminencia. los conciertos de ciudad nos recuerdan que ya hay cierta urgencia, que no podemos ya dejarlo para más tarde, o para el eterno "mañana". en palabras del gran oidor que fue o paz: "pasó ya el tiempo de esperar la llegada del tiempo". 34.- música, pura acústica. toda música es siempre hija del aire, es en puridad un "aria", un atmosférico ir removiendo la atmósfera. un concierto de ciudad lo es mucho más. 35.- la urbs hoy, sin aldabas ni puertas, tiene - vía badajo (y voluntad de intervención)- rendijas suficientes como para ser compuesta, a pesar y por sobre la cacofónica caterva de catedráticos y demás burócratas del "sonar de auditorio", por sobre ese "grado xerox" de la com-posición -tan aúlica- como diría baudrillard. 36.- trátase, en un concierto de ciudad de poner el entorno urbano en estado de aullido brutal. no más teclas, ni recetas, ni cómodos oíres siesteantes (o casi). aquí, a calcetín puro, dar vueltas alrededor de la errática emoción que se deja entrever/entreoír de vez en vez, fragmentariamente y nadie sabe donde ni cuanto ni cuando. 37.- sobre el tiempo.
en un concierto de campanas, la ciudad lejos de leerse en clave de pasatiempo,
se remansa para vivir un tiempo también en desmesura (a la altura
de la escala espacial ocupada), un tiempo que -despreocupándose
de toda medida- entra en un sonar vago y desmedido en el que incluso el
tiempo parece despreocuparse del tiempo (con todo, una ciudad entera
cabe en una hora). 38.- la música de campanas, menos que cualquier otra no se acaba con su dejar de sonar, en efecto, cuando la obra concluye, sólo deja de sonar ese algo concreto previsto, el resto continúa, y el resto -como cage nos enseñó- no sólo es mucho, sino muchas veces es lo que más nos toca. 39.- un concierto de campanas es poner a hablar esa ruidosa mudez del entorno ciudadano en el que estamos inmersos. 40.- desquiciar y subvertir ese muerto abstracto que llamamos ciudad es la consecuencia querida de un concierto de campanas. en él, salvo que saliéndose se escuche como en panorámica, no se capta todo desde un sólo y único punto de escucha. se impone un cierto deambule en cuyo transcurso se producen constantes apariciones, difumines, y amontones... algunos eventos tienden a la nebulosidad, otros se afirman hasta la molestia. es una música extraviada que vive delirios de acumulación y de huídas a otra parte. el sonar no posa para nadie, sólo pasa (tocándonos o no), aunque pesa no pisa... es un regalo en el que va implícito todo el riesgo y el concentrado sudor de un montón de músicos que nos ganan a pulso una loca redención por el sonido. 41.- perplejidad y salida (de emergencia). sonar una ciudad no es sólo postular una nueva cartografía sónica, es arrancar algo de inopinada belleza a este perplejo fin de siglo; es una pequeña solución colectiva ahí - en el borde de lo utópico- que nos resarce de tantas músicas prescindibles, archisabidas y tópicas (algunas, demasiadas, de usar ubicuamente y tirar). 42.- ciudad, motor y
moda. la ciudad está "motorizada", esto es profunda y esencialmente
tocada, herida por la técnica. una técnica que al decir
de heidegger profana sin remisión ("la profanación integral
del mundo forma parte de la esencia de la técnica"). 43.- la ciudad explorada e intervenida. es grato encontrarse con una audiencia que en muchos casos está fuera del mundo artístico "culto" (utilizo el término deliberadamente). es una audiencia que no consume aquí espectáculo o arte, sino que vive de manera diferente su contexto ciudadano transgredido (nunca agredido) por unos sonidos agitadores que les arrancan de la calma chicha mediante el esfuerzo denodado y arriesgado de algunos miembros de la propia comunidad, músicos estudiantes o profesionales. 44.- el sonido está solo, como la campana. es nuestra determinación de músicos la de hacer que estallen y se sientan acompañados ¿nos lo agradecerán, o por el contrario cierto malhumor acompañará su brusco explotar? 45.- despertar para la creacción
sonora el tiempo momificado (o mejor petrificado) del contexto ciudadano:
en las calles, fuera de aulas y auditoriums, los relojes de la creatividad
y por ende de la música marcan otra hora. y va a ser ahí,
en las afueras, justo donde los peores horrores arquitectónicos
y urbanísticos campan a sus tan especulativas anchas, donde se
ha de dar el cambio. una especie de voluntario desexilio (a lo
mario benedetti) siempre difícil se impone, pues también
el músico añora la comodidad algo onanista de los techos
y los confortables y resonantes muros de antaño o las tan cerrables
dobles puertas de iglesias y auditorios. en el no climatizado exterior
todo es intrusión (y por lo tanto aceptación). pero
ya la asfixia se acumulaba, se había alcanzado masa crítica
suficiente y había que salir al exterior: se imponía una
cierta higiene sonicomental, una oxigenación que aligerase,
quitase ciertas escorias, limpiase de miasmas aires y tuberías.
o si se prefiere, convenía -por fertilidad- ensuciarse las manos,
tropezarse con la realidad contextual y contaminase con su aire
de letrina, a causa de los humos insoportables. además también
el hecho de salir limpia de acumulados cerúmenes el oído
y sus obscuras tuberías, y también las neuronas sufren refrescantes
desatasques, haciendo que los nexos - lógicos, alógicos
o ilógicos - resulten más fáciles. como resultado
la realidad parece menos opaca y extraña, o por lo menos, más
descifrable, más fértil. 46.- salir a la calle quizá sólo sea un ensayo para alcanzar una escucha transversal, una escucha que supere la supuesta incompatibilidad entre ideas-sensaciones, entre pensar-sentir, conocimiento-arte. puede que nuestra tarea no sea cambiar el orden del mundo ya que ese orden es inexistente. basta salir, respirar, escuchar atentamente para saberlo. es posible que cierta locura nos invada y nos lancemos a una música de adoquines o torbellino, todo un lujo a nuestra disposición en el que no siempre se distingue la agitación, la "folie" de la alegría y el escándalo. 47.- salir. salir
de ese tiempo en conserva - sarcofágico - de los "auditorios" e
hinchar los pulmones como encamándose con el oxígeno: ¡qué
gustazo! ¡qué sonado alborozo el que nos lleva de la rancia
solera al sol, sólo sol (y sombras) y al pringe como epifanía!
me enferma el aire como de hospital - pretendidamente limpio y controlado
- de los auditorios, por contra me da "subidón" el pestazo de la
calle. 48.- campana. me interesa la simple materialidad de su sonar rebotador, retumbador. la organicidad de su acústico ser resonante - al margen de sofisticaciones, artificios o estilismos compositivos - confiere algo digamos épico a su propio ser tonante que escapa a toda comprensión. hay también algo de profundamente sinestético en su "de rerum natura" que lo convierte en simple realidad envolvente algo tectónica, o mejor vulcánica. 49.- futuro. las
vidas del sonar campanero no tienen límite. son sus sonares bosque
de signos que invitan a actuar, a patear, a preguntarse (el resto
es banalización y anécdota). es un sonar el de las campanas
que también hace venir sobre todos nosotros el tiempo futuro: un
futuro que ya nos agota suculentamente vivos todavía, bombardeándonos
con lo que nos espera ahí detrás. 50.- fiesta. sonar
campanas es algo muy serio. tan serio y ceremonioso como una fiesta a
la que todos estamos invitados. un zamparnos sin bordes ni cortedades
todas las ancestralidades juntas y sonantes además. pero igual
que hay fiestas que no son nuestras del todo, la del sonar de campanas
es siempre la de madre que nos parió, o sea una fiesta en la línea
siempre de flotación y/o muerte. y una fiesta no se puede, ni es
bueno, escribirla a destajo, como a veces una sinfonía. Por contra
es un sonado carajo que sale en forceps a base de visitas, subes y bajas,
pactos, cuerdas, llaves perdidas u olvidadas, escaleras rotas, medidas,
sustos, riesgos de todo calibre, cronómetros y entusiasmos más
que infinitos, sudantes martillazos y un etcétera sin remilgos
ni reparos. no se trata de un instrumental éste de camelo y de
boquilla, sino una sobria parafernalia de aquí te espero, nudos,
guantes y ensayos breves y concentrados (hay que guardar hasta donde sea
posible la sorpresa). 51.- el cosmos (otra
vez). es éste un sonar mineral, un sucederse como de piedra
y amaneceres. solitario sí pero que abre la tierra obscura a otras
resonancias, otros silencios y otras luces. un sonar totalmente despreocupado
de rigores formales, militancias, experimentalismos o ansias. extrema
opacidad que en su volatilidad, ningún otro instrumento humano
alcanza. puro fuego verde (a veces blanco). 52.- horfandad. hace
tiempo que las personas que me quieren me repiten ¿por qué
no compones?, o ¡qué pena que no compongas nada!, y
creo que tienen razón. con las campanas el compositor no se nota,
no es nada, la campana suena como nosotros hablamos, casi sin esfuerzo.
es un sonar coloquial, sin oficio ni paternidad. 53.-acústica. el sonido de una campana es como un iceberg: escuchamos sólo un pecio de lo tanto y tan variado como en ella (re)suena el vibrar, el resto es puro naufragio. 54.- música, indagación y locus. toda ciudad cuando la auscultamos con detenimiento -como ocurre en un concierto de campanas- deja de ser decorado, paisaje, fondo etc. para devenir todo friso de detalles, más o menos escabrosos, desolados, llenos de misterios, vértigos, desconchones, huellas, excrecencias, silencios pesadotes, atavismos, ausencias, polvos horrores, fuerzas más o menos ocultas etc. (y eso me recuerda aquel consejo que daba lovecraft: "no invoques lo que no puedas dominar"). en efecto, las dislocaciones no sólo acústicas, los acumules, tropezones y demás -algo peligrosas- zarandajas que un concierto de campanas origina, no son sino (¿necesarios?) avatares para la constitución de un espacio propio -"horribilis est locus iste" - eso sí pegadito al espacio real, donde los sonidos - acontecimiento decidimos que "tienen lugar" y a donde, también nosotros, engancharnos y pertenecer (aunque sea fugazmente). puede dar risa pero a veces podemos necesitar de algo tan aparentemente inocuo como una lluvia de badajazos (todo un sonar a cuepo de rey) para reterritorializarnos, reconocernos (anagnórisis fundante) en un locus, en un espacio sobre el que ser. 55.- excursus, el badajo tan sólo cumple su tarea de meter su dedo en la llaga y sonar lo que todavía no ha sido dicho. 56.- como compositor sólo me preocupo de lo que me fascina. del resto sólo sale "reader´s digest", papilla. 57.- un excursus escatológico, la androgínia del instrumento campana con su abultado y superlativo ser todos los sexos en uno, da para mucho. son abundantes las risas, alusiones y consideraciones de doble sentido de mis improvisados músicos campaneros al encontrarnos y afrontar la tarea de descender juntos al infierno del regodeo sónico de la campanada y su nimbo de extrañezas, juzgadas algunas como innobles, por incógnitas o por desvergonzadamente evidentes. la propia fábrica mínima del instrumento, la intensidad sin finezas ni coloretes, su llamarada sin barreras, hacen de esta actividad badajadora una veta de verticales y sonoros orines o de vulcanos (sin Velázquez) de compost y podredumbre. pura nalga badajeada al desnudo por alborozadora y verbenera verga, es esta una música sacra en el sentido más estricto del término, una podrida música en estado de catástrofe, sin batas blancas, ni tubos de asistimiento, ni obstinaciones encefalogramáticas: pura música esta mortal de necesidad. Frente al perpetuo plasticoso presente, un descarnado -alquímico- se acabó, amén. donde las dan, dan ( no más prédicas). 58.- en un concierto de
campanas, la composición queda derrotada por el propio ser del
sonar- que es siempre soberano- pero también en aras del goce
de la escucha que es siempre una extraña opera(ción),
pues si los sonidos nunca son inocentes y los de las campanas mucho menos,
(quizás por ello atrajeron muy poco a los compositores al uso),
la escucha es en sí misma un acto que agujerea sentidos y análisis,
pues se recrea en su ser recreo singular. 59.- un concierto de campanas consiste en apretar el sonido hasta que nos ponga contra las cuerdas del insondable olvido. no hallaras, escribe maurice blanchot, los límites del olvido por lejos que puedas olvidar (cita escuchada a mi amigo cereceda). 60.- ¿de quién es la ciudad?, de quien abre los recovecos de la escucha -en- común. 61.- mi trabajo de compositor campanero no va en contra de la composición, pero sí se sitúa al margen de la composición ( hasta donde es posible). caminos, no obras, repite nuestro heidegger. 62.- quizás mi transcurso de compositor fue ir de la música Experimental a la Exmúsica. la llave, utilizar largo y tendido, la tremenda EXtimidad de las campanas (término este opuesto a INtimidad, tal y como lo aplican alemán y larriera en "lacan: heidegger").
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