GEMA
HOYAS FRONTERA
MIGUEL
MOLINA ALARCÓN
Profesores
Dpto. Escultura
Universidad
Politécnica de Valencia
Grupo
de Investigación: Laboratorio de Creaciones Intermedia
RESUMEN:
Nuestras relaciones con el mundo parten de la experiencia por los sentidos. Actualmente lo visual se impone sobre lo táctil, hasta el punto que menospreciamos el poder comunicativo que el tacto proporciona. Crecemos aprendiendo a no tocar. La sociedad condiciona qué partes se pueden tocar y las que no y el tipo de situaciones donde los contactos son permitidos. Creamos un espacio infranqueable alrededor de nuestro cuerpo donde se refugian gran parte de los condicionantes sociales que inhiben la experiencia táctil. Sin embargo la comunicación a través del tacto resulta beneficiosa para el tratamiento de algunos enfermos siendo fundamental para el aprendizaje y desarrollo psicológico de los niños.
PALABRAS
CLAVE:
Comunicación
táctil, influencia social, proxemística, tabú, terapia, consciencia
sensorial, “hambre de piel”.
ABSTRACT:
Our relationships
with the world start from the sense experience. Nowadays, visual beats tactile,
up to the point that we underestimate the communicative power the touch gives us.
We grow up learning to not touch. Society condition which parts can be touched
and which can not, and the kind of situations where contact is allowed. We
create an insuperable space surrounding our body where most of contributing
social factors to inhibit tactile experience shelter/hide. Meanwhile,
communication through the touch is profitable for the treatment of certain ill
people, and fundamental for learning and psychological development of children.
KEY
WORDS:
Tactile
communication, social influence, proxemic, taboo, therapy, sensorial conscience,
skin desire.
DESARROLLO:
“La
impersonalidad de la vida en nuestro mundo moderno se ha vuelto tan acusada que
hemos producido, en efecto, una nueva raza de Intocables. Nos hemos vuelto extraños
unos para con otros, no sólo evitando sino defendiéndonos activamente de todas
las formas de contacto físico “innecesario”. La capacidad del hombre
occidental para relacionarse con sus prójimos ha quedado muy
atrás respecto a su habilidad para conversar con las computadoras,
comunicarse con los coches y hablar con los juguetes.” (1)
Los
medios de comunicación de cada cultura, ejercen una influencia fundamental al
potenciar unos sentidos u otros. El
momento cultural que vivimos,
radicaliza esta jerarquía
sensorial, con la primacía de la vista y el oído y en detrimento de los demás
sentidos. La jerarquía de los sentidos condiciona nuestra percepción. Una
de las consecuencias más inmediatas es la falta de consciencia de las
experiencias de comunicación táctil y por tanto la perdida de sus
posibilidades expresivas.
Knapp,
refiriéndose a las sociedades urbanas occidentales, comenta cómo el propio
ritmo de vida de los adultos condiciona el poco contacto que mantienen con sus
hijos.
“Muchos
niños crecen aprendiendo a “no tocar” una multitud de objetos animados e
inanimados; se les dice que no
toquen su propio cuerpo y más tarde que no toquen el cuerpo de su amigo, o
amiga; se tiene cuidado de que los
niños no vean a sus padres “tocarse” mutuamente de manera íntima;
algunos padres ponen de manifiesto una norma de no contacto al utilizar
dos camas separadas; el tacto se
asocia a admoniciones tales como “feo” o “malo” y es consecuentemente
castigado, y se enseña que el contacto físico frecuente entre padre e hijo es
algo poco masculino." (2)
Otros
psicólogos y sociólogos se han empezado igualmente a preocupar de las situaciones
que inhiben o facilitan la conducta táctil. Henley (3) ha observado
situaciones en las que existen más probabilidades de que la gente toque: cuando
se da información o consejo más que cuando se recibe, al dar una orden más
que cuando responde, al pedir un favor más que cuando consiente en hacerlo, al
tratar de convencer más que cuando uno es convencido, cuando la conversación
es profunda más que cuando es casual, en una fiesta o acontecimiento social
más que en el trabajo, cuando se comunica excitación más que cuando se
recibe de otro, al recibir mensajes penosos más que cuando se emiten, y también
se ha observado que los contactos son más largos y más íntimos en las
despedidas que en los saludos.
Desde
un enfoque antropológico y resultado de un estudio proxemístico (4), Edward T. Hall, establece cuatro
distancias de interrelación entre los seres humanos, a las que denomina íntima,
personal, social y pública.
La hipótesis que da sentido a esta clasificación se basa en que por
naturaleza, los animales, incluidos el hombre,
mantienen un comportamiento de territorialidad, empleando sus sentidos
para distinguir un espacio de otro. Esta distinción depende de la relación que
mantengan unos individuos con otros, de lo que sienten y lo que hacen, y está
verificado en animales y seres humanos.
Las
relaciones táctiles se suelen dar en la distancia
íntima (de 0 a 45 cm) o en la distancia
personal (de 45 a 122 cm de separación) (5). La primera, es la
distancia de hacer el amor y luchar, de consolar y proteger. La segunda, es
concebida como una burbuja
invisible que el organismo interpone entre él y los demás. El cuerpo emite
mensajes de “no tocar” en forma de rigidez postural, frialdad, o multitud de
gestos de temor o irritación. Cuando alguien no familiar invade estos espacios
tendemos a protegernos retrocediendo si podemos. Esta especie de halo invisible
que rodea nuestro cuerpo más allá de los límites de la piel, no es fijo, la
confianza y el afecto, así como la penumbra o ausencia de luz, disminuyen este
espacio. A este respecto, es
evidente que las diferencias culturales son determinantes.
Creemos
que es entre estas dos distancias, la íntima
y la personal, donde se refugian gran parte de los condicionantes
sociales que inhiben una experiencia táctil. En nuestras relaciones solemos
apelar al “espacio personal”, su violación se considera una intrusión en
los propios límites. Sentimos que ese espacio nos pertenece, en nosotros reside
la potestad para permitir su acceso y las expectativas sociales justifican su
defensa. Ignoramos los contactos que tenemos con los otros porque vivimos en una
sociedad que no reconoce en el tacto una fuente enriquecedora de experiencias y
un modo singular de comunicación. Flora Davis
afirma:
“El
contacto –por lo menos el más impersonal- se produce en todo nuestro entorno,
ya sea que lo percibamos o no; pero el solo hecho de que no queramos advertirlo
en tantas situaciones revela algo de nuestra actitud hacia él”. (6)
La
tradición judeo-cristiana ha potenciado el temor al placer. Al considerarse el
tacto como fuente de placer y consuelo, se convirtió en pecado. Asociaciones de
este tipo, han conformado tabúes que coartan y limitan la percepción táctil
de la realidad que nos rodea.
En
nuestra sociedad se asocia con excesiva frecuencia el contacto físico al sexo,
asociación a la que Phyllis K. Davis da el nombre de “Sindrome PHECIA”. La identificación de comportamiento táctil –
comportamiento sexual hace que etiquetas como Promiscuidad, homosexualidad,
complejo de Edipo, incesto y adulterio, se asocien a comportamientos táctiles
que en ningún caso las justifican. Existen muchas maneras de tocar y un tacto
amistoso, familiar, de cariño o afectuoso no tiene por qué tener ni interés
ni implicación sexual. Una equivocada interpretación sólo provoca inhibición.
En
general y salvando las diferencias étnicas en un mismo territorio,
sociedades como la norteamericana, la inglesa o la alemana son más bien
inhibitorias de la comunicación táctil. Hacia el sur las actitudes cambian y
por ejemplo los latinoamericanos, utilizan más el tacto al comunicarse.
La
sociedad condiciona el tipo de partes que se pueden tocar y las que no,
al igual que aquellas partes de la piel que pueden exhibirse. Necesitamos
ser tocados y sin embargo muchas partes del cuerpo son tabúes según la
cultura. Por ejemplo en Fiji es tabú tocar el cabello o en Japón tocar la nuca
a una chica. Otros factores como religión, los mitos de masculinidad o el
status social, condicionan nuestro comportamiento.
Si cuando éramos pequeños explorábamos el mundo con el
tacto tocando todo lo que se ponía a nuestro alcance, personas, objetos y a
nosotros mismos, a medida que crecimos nuestra experiencia se fue restringiendo.
Nos protegemos, nos enmascaramos, nos limitamos avergonzándonos de disfrutar o
experimentar el acercamiento táctil a los demás, y nos escudamos en la
significación social que se le da al tacto (7) y en lo moralmente
“correcto”, cuando en realidad la moral la creamos entre todos.
El
contacto físico en nuestra sociedad ha quedado relegado a situaciones muy
concretas. Phyllis K. Davis las resume en cinco
zonas simbólicas:
-
la de los rituales: apretones de
manos, besos puntuales de saludo o despedida, el baile, la palmada de felicitación
en la espalda y otros similares.
-
la de la hostilidad: los deportes de
lucha, las peleas, que se dan mucho más entre los hombres. Son los hombres los
que ostentan de menor necesidad de contacto - supuesta señal de
“masculinidad”-, y reservan para los deportes la permisibilidad de palmadas,
abrazos, apretones y masajes en las partes más diversas del cuerpo.
-
del contacto sustitutivo: el que
proviene de imágenes visuales como las proporcionadas por el televisor, donde
de manera indirecta se experimenta el contacto que otros mantienen, ya sea en la
realidad (ejm. Retransmisiones deportivas) o fruto de la ficción, (en films).
-
del contacto profesional: Lo realizan
médicos, peluqueros, masajistas, entrenadores de deportes, etc. Para evitar
mensajes táctiles que se puedan mal interpretar, la persona suele ser tocada
como un objeto.
-
la del cuidado físico: referida a
aquellos momentos en que “arreglamos” a alguien, le quitamos los pelos de la
chaqueta, le espolsamos el polvo de la espalda de la camisa, escondemos la
etiqueta …
En la actualidad se está produciendo una proliferación de escuelas y
terapias que tratan de romper con los inmovilismos físicos y mentales a través
de enfoques corporales, desarrollando la consciencia sensorial, con métodos
psicoterapéuticos ( ej. el “entrenamiento autógeno” de Schultz con los
“grupos de encuentro”), o con masajes que suponen un uso profesional del
tacto (masaje sueco, el shiatzu japonés, el masaje neoreichiano, la reflexología, el
rolfing, etc.).
Las
grandes aglomeraciones urbanas, el ritmo trepidante que vivimos y la invasión
del los automóviles no acompaña apenas posibilidades de que experimentemos
activa y conscientemente el espacio que nos rodea y a nosotros mismos. Como
todo, la tecnología también ofrece desventajas: nos descorporeizamos y
atrofiamos nuestras experiencias
corporales en el más devastador autismo sensorial.
Necesitamos
ser tocados. Estudios realizados con bebés prematuros en incubadoras han
demostrado que los bebes que reciben estimulación táctil mediante masajes,
aumentan de peso más rápidamente que los no masajeados; captan mejor lo que
les rodea, se orientan, responden a ruidos y controlan mejor sus emociones,
lloran menos y en general su sistema nervioso y el cerebro madura más deprisa.
Si a un bebé se le alimenta y cuida bien, pero se le priva de contacto físico,
sufre un estancamiento psicológico y físico, pudiendo llegar a causarle daño
cerebral. Si un adulto no ha sido acariciado de pequeño es más probable que
tampoco acaricie a sus hijos con lo que el ciclo se perpetúa.
El
fenómeno “hambre de piel”, es cada vez más estudiado por los
investigadores del comportamiento. Se refiere al deseo de ser tocado, a la
necesidad profunda de contacto físico. Quien más lo sufre son
las personas mayores. Son quizás los menos tocados de la sociedad, como
si la vejez fuera contagiosa. A un niño es agradable acariciarlo, pero ¡¿a un
anciano?! Su piel queda excluida de las ideas que trasmiten los medios sobre lo
agradable y la belleza. Es una enseñanza visual subliminal por la que nos
dejamos engañar. A veces, observamos en algunas personas esta necesidad de ser
tocadas, por su continuo acariciar objetos o sus propias manos.
Se ha comprobado que el contacto y la comunicación a través del tacto,
resulta beneficiosa para el tratamiento de algunos enfermos, proporcionando
estados emocionales positivos que ayudan en el proceso de curación (8). La
estimulación táctil adecuada y las emociones, reducen la señal de dolor que
llega al cerebro y pueden influir en la producción natural de endorfinas
que lo atenúan.
El
tacto es crucial en las relaciones humanas, y como dice Montagu “una
experiencia táctil inadecuada tendrá como consecuencia una incapacidad para
relacionarse con los demás en muchos aspectos humanos fundamentales.”.
(9)
(1)
MONTAGU, A., MATSON, F.: El
contacto humano. Paidós. Barcelona, 1989,
p.p.
99-100.
[2]
KNAPP, Mark L. : La comunicación no verbal.
El cuerpo y el entorno. Paidós Comunicación. Barcelona, 1995, p. 214
[3]
HENLEY, Nancy M.: Body Politics: Power, Sex and
Nonverbal Communication. Englewood Cliffs, N.J., Prentice-Hall,
1977, p.105. Cit. Por KNAPP, Mark: Op. Cit.,
p-214-215. Cit. Por DAVIS Phyllis K.: El
poder del tacto. El contacto físico
en las relaciones humanas. Paidós Saberes Cotidianos. Barcelona 1998,
p.p. 88-89
[4]
El término “proxemística” es utilizado por Edward T. Hall
para expresar las
observaciones, interrelaciones y teorías referentes al uso que el hombre
hace del espacio, como efecto de una elaboración especializada de la
cultura a que pertenece. HALL,Edwad T. :La dimensión oculta. Enfoque
antropológico del uso del espacio. Colección “Nuevo Urbanismo”.
Instituto de Estudios de Administración Local. Madrid, 1973, p. 15 y 161.
[5]
El autor advierte en repetidas ocasiones que la concreción de estas
distancias no puede considerarse un patrón universal, varían según la
cultura. Las que aquí se reflejan corresponden
al estudio del comportamiento de
un grupo de personas norteamericanas. Los valores cuantitativos
cambiarían referidos por ejemplo al mundo árabe.
[6]
DAVIS, Flora: La comunicación no verbal. Alianza edit. Madrid, 1982, p.179
[7]
El significado varía en función del lugar, el contexto, la parte del
cuerpo tocada, la duración del contacto, el modo de tocar (acariciar,
pellizcar, palmear, abofetear, abrazar, enlazarse, apoyarse...), la
asiduidad con que tocamos e incluso el poder que ostenta la persona que toca
o es tocada.
[8]
Algunos estudios sobre experiencias cutáneas y su relación con la
esquizofrenia, sugieren que el sentimiento de identidad deriva de la
conciencia del propio cuerpo. Los esquizofrénicos han perdido el contacto
con su esquema corporal y con él el contacto con la realidad.
[9] MONTAGU: Op. Cit , p.8