Francisca Bresó Moreno. Escuela y República
La Conmemoración del Bicentenario de la batalla de Talavera se presenta hoy
como un hecho lleno de matices. Si bienimponente, a la par no concluyente. Si
bien de enorme peso histórico, al mismo tiempo rico aún en polémica para
británicos, franceses y españoles. El actual territorio que cubre nuestra
región de Castilla-La Mancha fue durante la Guerra de la Independencia
un gigantesco campo de batalla. A lo largo de su geografía se resolvió en
buena medida el pulso entre los ejércitos del emperador Napoleón Bonaparte,
las tropas españolas junto a la resistencia popular y los regimientos especiales
británicos del duque de Wellington. Así lo constatan, entre 1808 y 1809,
no sólo Talavera, sino también los tremendos combates de Uclés, Almonacid
y especialmente Ocaña. A ello habría que sumar los claros exponentes de resistencia
popular urbana, como en el formidable caso de Valdepeñas tiempo
antes, el 6 de junio de 1808, contra las unidades del general Dupont previamente
al choque en Bailén. Del mismo modo, es imprescindible destacar la
batalla de Ciudad Real, el saqueo francés de Cuenca y Toledo, el paso del Ejército
del mariscal Soult por Albacete o la resistencia temible del guerrillero
Juan Martín «El Empecinado» a lo largo de Guadalajara, en esta última circunstancia
como poderoso contrapeso frente a las tropas francesas hasta incluso 1813.
Pero Talavera exige una especial atención. Y ello, por ser el primer intento a
gran escala de recuperar Madrid después de la entrada personal de Napoleón
para conquistar el país, tesitura a la que se une la evidencia del éxito, aunque
fuese puntual, de la alianza hispano–británica. Es más, para los dos mandos
protagonistas de mayor relevancia, los generales Gregorio García de la Cuesta y
Arthur Wellesley (duque de Wellington precisamente a raíz de aquel
combate), se convertiría en la última gran refriega en la que participaría el
primero y, al contrario, el primer éxito de trascendencia que cosecharía el segundo
en tierras españolas.
De hecho, los batallones británicos de auxilio poco menos que habían hecho
el ridículo hasta entonces en España, como lo demuestra la desconcertante y
fracasada expedición del general John Moore entre finales de 1808 y principios
de 1809, o bien el tibio apoyo de la poderosa Royal Navy en la intervención
costera contra los efectivos imperiales. Y los británicos sabían de la trascendencia
de la cuestión, pues ayudar a la resistencia española y portuguesa con regimientos
especiales representaba en el fondo conjurar el mayor tiempo posible
un nuevo intento de invasión por parte de Napoleón sobre las Islas Británicas1.
La verdad es que desde la llegada de Wellesley durante los comienzos de
1809 a territorio peninsular, los ingleses parecían haber reencauzado la cuestión.
El nuevo general británico había logrado expulsar al temible mariscal Soult del
Norte de Portugal, liberando la castigada ciudad de Oporto el 12 de mayo de
aquel año, disponiéndose a continuación a unir fuerzas con los ejércitos españoles
del viejo Gregorio García de la Cuesta para emprender una amplia
campaña por el Tajo que expulsara de la capital del país al rey José Bonaparte
entre los meses de junio y julio. La batalla de Talavera, entre el 27 y el 28 de
julio de 1809, se convertiría en el cúlmen exitoso de dicha acción, pero, paradójicamente,
también en el punto final. Ni Madrid fue tomada, ni Talavera conservada para los aliados. Es más, tras
la refriega Wellington se retiró hacia Badajoz y el general Cuesta se acabaría separando
definitivamente del duque británico. La batalla de Talavera terminó más bien en una abierta crisis de la alianza
hispano–británica.
Extracto recogido del prólogo de José Gregorio Cayuela Fernández