LA SERIE DON QUIJOTE
La obra maestra que Pirnat nos ha legado en el campo de la ilustración es, incontestablemente, su serie de treinta y tres dibujos para la edición de Don Quijote de los años 1935-1937.
El historiador de arte esloveno Nace Šumi asegura que el Quijote de Pirnat “se mantiene en la cumbre de la ilustración eslovena de todos los tiempos” (Pregl: 6). Considerando el recorrido artístico y político del ilustrador y su acusada sensibilidad social de la que hace alarde a lo largo de su corta vida, no extraña que haya encontrado en el “desfacedor de agravios” cervantino un alma hermana.
En el empeño de don Quijote en crear un reino de justicia y libertad debió reconocer un idealismo utópico, eso sí, pero un idealismo que nace de las capas más nobles del alma humana. Al constatar que él también tenía algo de Quijote se acercó a la novela no sólo para cumplir un encargo, sino por motivos íntimos. Sin embargo, parece que en la ejecución de los dibujos Pirnat no siguió un plan establecido en cuanto a la interpretación global del significado del Quijote; más bien, consciente de la imposibilidad de establecer una sola línea, optó por proponer una síntesis de varias interpretaciones –desde la más burda comicidad, pasando por distintos grados de ironía, hasta el más tierno lirismo, desde la parodia física hasta el sentimiento trágico– logrando así transmitir de manera convincente no sólo el frágil equilibrio entre el “idealismo instintivo” y el “realismo sano”, sino también todo lo que hay en la novela de imperecedero, de universal, atemporal, único desde el punto de vista humano: la dignidad del individuo. Lo que le importaba fueron las escenas en sí; el ilustrador trató de encontrar en cada una de ellas un enfoque particular y único, lo que concede una gran heterogeneidad a la serie.







