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¿Cabe
imaginar a Mozart de otra manera que con cuidada peluca, casaca
y armonioso gesto? Sin duda, no. Mozart, como su música
(un dejo de melancolía en un esquema ordenado y racional),
es el siglo XVIII, una parte del siglo XVIII, la expresión
misma del Siglo de las Luces. Hoy traemos a estas páginas
-no únicamente musicales- las opiniones de un hombre que
hace la música del siglo XX o quizá la del siglo
XXI, un compositor revolucionario que ha enseñado -o pretende
enseñar- a la Humanidad que la sensibilidad musical tiene
un campo de realización más allá de los sonidos,
de los instrumentos decantados por más de veinte siglos
de cultura occidental
¿Cabe, pues, imaginar a John
Cage de otra manera que no sea manifestándose por los grandes
temas que acucian al hombre de hoy y aún por los que serán
problema para el hombre de mañana?
El último concierto que John Cage ha dado en España
fue un continuo sonoro de dos horas y seis minutos de duración
producido por las manipulaciones de John Cage y el pianista David
Tudor sobre una serie de generadores eléctricos. Era la
variación sobre zonas próximas a veces a los límites
de lo auditivo -a lo ultrasónico y al silencio mismo- y
sobre lo que nuestra cultura musical ha venido llamando "ruido"
"Empleo todos los métodos -ha escrito- que puedo descubrir
con objeto de que las notas y las pausas -es decir, el sonido
y el silencio- puedan ser, sencillamente, ellos mismos". De la
importancia de Cage en el mundo de la música y de la vanguardia
contemporánea da una buena idea el hecho de que, al haber
llegado a los sesenta años de edad -nació en Los
Angeles en 1912- haya sido la figura homenajeada y central en
los Encuentros de Arte Pamplona 1972, de los que el "Equipo Informe"
dio cumplida cuenta en estas mismas páginas. Quizá
para el gran público -para nosotros mismos- quede lejano
el eco y el sentido de la creación de John Cage, por ello
aclaramos que las opiniones que aquí reflejamos tienen,
por encima de todo, el valor de ser las de una figura clásica,
universal y señera del mundo en el que vivimos. A sus recién
cumplidos sesenta años. Cage es historia del siglo XX.
John Cage ha visitado España recientemente con el objeto
de dar un concierto en compañía del pianista David
Tudor, el hombre que, juntamente con Cage, inició la tendencia
al "live" (la actuación en vivo), en contraposición
a la pieza grabada. No era precisamente fácil conseguir
una entrevista con el sexagenario John Cage, el hombre de entrecana
barba patriarcal y ojos azules asombrosamente cristalinos, inventor
del "piano preparado" allá por los finales de los años
cuarenta (Cage consiguió, por medio de la introducción
de diversos materiales -goma, madera, metal, etc.- entre las cuerdas,
unos efectos sonoros absolutamente nuevos hasta el momento-, el
hombre que ha hecho de la música la pasión de su
vida y de la experimentación con los sonidos la más
grande aventura.
Sabíamos que John Cage, recién llegado a España
para actuar en Pamplona, podía igualmente acceder que no
acceder a la entrevista. Esperamos en el "hall" del hotel hasta
que entrase o saliese por la puerta que ya nos habíamos
encargado de vigilar. Finalmente apareció caminando como
los cazadores furtivos a la escucha de cualquier sonido (la música),
tenue al quebrarse una rama, el purísimo del agua entre
las piedras o el ensordecedor de los animales asustados en el
bosque
-Mr. Cage, ¿podría usted contestarnos a unas preguntas?
Consuelo Recio, nuestra intérprete, se había abalanzado
literalmente sobre el músico.
-Estoy muy cansado, señorita; he pasado el día ultimando
detalles para mi concierto; incluso he recibido a un realizador
de televisión. ¿Por qué no dentro de tres días?
-Nos marchamos mañana, Mr. Cage. Serán sólo
unas preguntas.
-Está bien; les veo mañana, a las cinco.
Al día siguiente estaríamos media hora antes de
nuevo en el vestíbulo del hotel. Repasamos mentalmente
algunas de nuestras preguntas, sin advertir que, después,
la charla iba a marchar por derroteros completamente distintos.
Nos interesaban los sistemas de notación -la pauta- de
Cage, el papel que el azar y la combinación juegan en su
obra, las enseñanzas orientales que indudablemente ha introducido
en su música (las de Sri Ramakrishma, las de I Ching o
"Libro de los cambios"), la ausencia de partitura, etcétera,
y, sobre todo, preguntarle si, efectivamente, las historias de
la música terminan con la aparición de John Cage.
Lo cierto es que muy poco de eso íbamos a hablar. La mitad
de la entrevista iba a transcurrir poco menos que persiguiéndole
por la calle, y la otra mitad, gracias a la audacia de nuestra
intérprete, algo más sosegadamente.
Una vez en el hotel, pedimos a la telefonista que avisase a Mr.
Cage por los altavoces. Mr. Cage no aparecía. Posiblemente
había olvidado la cita. Veinte minutos más tarde
bajaba junto con su compañero de concierto, David Tudor.
-Mr. Cage, teníamos una cita con usted a las cinco. ¿No
lo recuerda?
-La verdad es que tengo mucho trabajo. Vamos a preparar en este
momento el escenario para nuestra actuación de mañana
en la Ciudadela.
-Va a ser sólo un momento, Mr. Cage
Habíamos salido ya del hotel y empezado a correr tras los
dos músicos por las calles de Pamplona; era lo más
parecido a una persecución callejera.
-Si lo desean pueden venir conmigo a la Ciudadela. Es posible
que allí tengamos un rato de tranquilidad y podamos hablar.
La ciudadela es un viejo fortín deshabitado. Electricistas,
carpinteros y demás operarios esperaban las instrucciones
de Cage: posición de las tarimas, altavoces, micrófonos,
el atril
-¡El atril! -exclamó John Cage-. Es necesario buscar
otro y tres mesas
-¿Qué altura desea para las mesas, Mr. Cage?
-Ochenta centímetros, lo convencional.
Mr. Cage observaba y se lamentaba de no poder entenderse con los
empleados. "Parece que esta gente y yo no nos comprendemos muy
bien". Nuestra intérprete sabía que la mejor forma
de ganarse la confianza de John Cage era haciendo de mediadora
entre él y los operarios. "Pongan esas mesas aquí,
por favor". Mr. Cage ya nos miraba agradecido, y todo comenzaba
a ser más fácil.
-Esto está prácticamente terminado. ¿Podemos
empezar la charla, Mr. Cage?
-Sí; vengan conmigo. Aquella columna nos protegerá
del viento.
-Díganos: alguien ha hablado de la relación entre
su música y la poesía de Mallarmé o, mejor,
entre su sistema de notación musical y la notación
poética de Mallarmé
-No creo que haya exactamente una relación. Conozco su
libro, "Un coup de dés" (Un golpe de dados) y le admiro
muchísimo, pero le repito que no creo que exista una relación
precisa. Lo que me gusta de Mallarmé son los espacios en
las páginas y esos cambios en la tipografía. Me
encanta su obra, pero no llego a comprenderla del todo. Sé
que ese libro está dedicado, sobre todo, al manejo de los
cambios o manipulación de las variaciones; en ese aspecto
sí que puede haber alguna relación. Yo mismo también
me he dedicado a la manipulación de las variaciones.
-¿Conoce usted la música española del momento?
¿Bernaola, De Pablo, Zaj
?
-Me gusta mucho la obra de Zaj: Juan Hidalgo y Walter Marchetti.
Me gusta, especialmente porque, para mí, representa la
simetría en el tiempo. Cuando usted oye esa música
se siente obligado a crear su propia experiencia, porque lo que
ellos hacen es totalmente simétrico y comprensible desde
el principio.
(Aclaremos al lector que unos días antes de la actuación
de John Cage, el grupo Zaj dió un concierto, en el que
manipuló con las catorce sillas a que Cage hará
referencia.)
-Lo que hicieron con aquellas catorce sillas -continúa
Cage- fue muy interesante; bien, pues repitieron la acción
catorce veces. Es una situación en la que se puede encontrar
cualquiera varias veces al día en un supermercado, por
ejemplo, donde fácilmente se pueden ver catorce botes de
sopa de tomate; entonces tiene usted que encontrar algún
modo de aplicar y mantener viva su imaginación. Esto se
puede hacer fácilmente dándose cuenta uno de que
la luz y la sombra de cada bote de tomate es diferente: no puede
ser la misma
, porque cada cosa, ya sea un ser humano, una
roca o un bote de sopa, es Buda.
-Arte y libertad, Mr. Cage.
Cage ha sonreído, igual que nosostros lo hicimos al nombrar
él inesperadamente a Buda.
-Mire usted, tenemos libertad en unas ocasiones y en otras, no.
Por ejemplo: tenemos libertad en lo que respecta a nuestras relaciones
con el mundo estático, las cosas que vemos, el sonido de
las cosas
Pero imagínese que salimos de excursión
con el fin de recolectar champiñones
-¡Cómo champiñones!
-Sí, champiñones: déjeme terminar. Esos champiñones
pueden estar envenenados y ocasionarnos la muerte. Hay imperfección
en todo: el río, el agua o el modo de conducirse la sociedad
moderna. Hay que hacer algo para corregir todo esto, pero, desgraciadamente,
no contamos con mucha libertad para ello, ¿Usted me entiende?
John Cage se ríe cuando habla de los champiñones;
en realidad se trataba de una broma, una broma muy parecida a
la nuestra al preguntar por arte y libertad
Se dice que John Cage ha dado conciertos que han consistido en
desmontar, pieza por pieza, un piano
-¿Cómo va a ser su actuación?
-Las veces anteriores que he venido a España con David
Tudor ha sido él quien ha interpretado mi música.
Ahora venimos como autores independientes. Cada uno de nosotros
interpretará su propia música, pero al mismo tiempo
los dos. Se trata de expresar la practicabilidad de la anarquía,
porque ninguno de los dos dice al otro lo que debe hacer.
-¿Conoce la música vasca de Txalaparta?
-¿Txalaparta? ¡Ah!, la música de los palos del
ritmo natural de un galope
Termino de escucharla y me parece
absolutamente deliciosa. Podría estar oyéndola durante
horas. Es una música enormemente maleable y flexible
-Mr. Cage, hablenos de algo que no tenga nada que ver con la música.
-Puedo hablarles de nuevo de los champiñones, o del ajedrez,
o de la sociedad. Son otras tres pasiones mías.
-Olvidemos los champiñones, Mr. Cage.
-Estoy interesado por la sociedad, no por la política,
no por los gobiernos. Me intereso por la utilidad de las cosas,
por las personas.
-Usted, Mr. Cage, ¿es un hombre joven, a pesar de sus sesenta
años?
-¡Ah!, me habla usted de juventud
Mire, en el mundo
hay una gran división entre ricos y pobres. Por una parte,
tenemos a mucha gente preocupada por el poder y por el dinero
-¿Pero qué tiene que ver todo esto con la juventud?
-Verá como sí. Por una parte, le decía, tenemos
a mucha gente preocupada por el poder y por el dinero; por otra
parte, a una juventud mundial (usted lo está viendo), que
se ha dado cuenta de que si continuamos así, no sólo
nos destruiremos a nosostros mismos, sino que destruiremos la
naturaleza misma. Esta juventud mundial sabe que un gran cambio
va a tener lugar, y será precisamente ella la que lo haga
posible
La razón por la que creo esto es porque a
medida que lleguemos a una superpoblación mundial, la mayor
parte de esa población será joven. Probablemente
ocurrirá que llegue un momento en el que la mayor parte
de la gente tenga menos de quince años
-¿Y entonces?
-Entonces será el momento de hacer esa revolución.
-Mr. Cage, ¿quiere añadir alguna cosa más?
-Unicamente el placer haber hablado con ustedes.
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Texto: José Luis Jover y Santos Amestoy.
Publicado en Pueblo, 5 de agosto de 1972.
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