|
|
El arte de los
ruidos. Manifiesto Futurista,
1913
|
Querido Balilla Pratella, gran músico futurista,
En Roma, en el Teatro Costanzi lleno de gente,
mientras con mis amigos futuristas Marinetti, Boccioni, Balla escuchaba
la ejecución orquestal de tu arrolladora MÚSICA FUTURISTA,
me vino a la mente un nuevo arte: el Arte de los Ruidos, lógica
consecuencia de tus maravillosas innovaciones.
La vida antigua fue toda silencio. En el siglo
diecinueve, con la invención de las máquinas, nació
el Ruido. Hoy, el Ruido triunfa y domina soberano sobre la sensibilidad
de los hombres. Durante muchos siglos, la vida se desarrolló
en silencio o, a lo sumo, en sordina. Los ruidos más fuertes
que interrumpían este silencio no eran ni intensos, ni prolongados,
ni variados. Ya que, exceptuando los movimientos telúricos,
los huracanes, las tempestades, los aludes y las cascadas, la naturaleza
es silenciosa.
En esta escasez de ruidos, los primeros
sonidos que el hombre pudo extraer de una caña perforada
o de una cuerda tensa, asombraron como cosas nuevas y admirables.
El sonido fue atribuido por los pueblos primitivos a los
dioses, considerado sagrado y reservado a los sacerdotes, que se
sirvieron de él para enriquecer el misterio de sus ritos.
Nació así la concepción del sonido como cosa
en sí, distinta e independiente de la vida, y la música
resultó ser un mundo fantástico por encima de la realidad,
un mundo inviolable y sagrado. Se comprende con facilidad que semejante
concepción de la música estuviera necesariamente abocada
a ralentizar el progreso, en comparación con las demás
artes. Los mismos Griegos, con su teoría musical matemáticamente
sistematizada por Pitágoras, y en base a la cual sólo
se admitía el uso de pocos intervalos consonantes, limitaron
mucho el campo de la música, haciendo casi imposible la armonía,
que ignoraban.
La Edad Media, con las evoluciones y las modificaciones
del sistema griego del tatracordo, con el canto gregoriano y con
los cantos populares, enriqueció el arte musical, pero siguió
considerando el sonido en su transcurso temporal, concepción
restringida que duró varios siglos y que volvemos a encontrar
ahora en las más complicadas polifonías de los contrapuntistas
flamencos. No existía el acorde; el desarrollo de
las diversas partes no estaba subordinado al acorde que dichas
partes podían producir en su conjunto; la concepción,
en fin, de estas partes era horizontal, no vertical. El deseo, la
búsqueda y el gusto por la unión simultánea
de los diferentes sonidos, o sea, por el acorde (sonido complejo)
se manifestaron gradualmente, pasando del acorde perfecto asonante
y con pocas disonancias a las complicadas y persistentes disonancias
que caracterizan la música contemporánea.
El arte musical buscó y obtuvo en primer
lugar la pureza y la dulzura del sonido, luego amalgamó sonidos
diferentes, preocupándose sin embargo de acariciar el oído
con suaves armonías. Hoy el arte musical, complicándose
paulatinamente, persigue amalgamar los sonidos más disonantes,
más extraños y más ásperos para el oído.
Nos acercamos así cada vez más al sonido-ruido.
Esta evolución de la música es
paralela al multiplicarse de las máquinas, que colaboran
por todas partes con el hombre. No sólo en las atmósferas
fragorosas de las grandes ciudades, sino también en el campo,
que hasta ayer fue normalmente silencioso, la máquina ha
creado hoy tal variedad y concurrencia de ruidos, que el sonido
puro, en su exigüidad y monotonía, ha dejado de suscitar
emoción.
Para excitar y exaltar nuestra sensibilidad, la
música fue evolucionando hacia la más compleja polifonía
y hacia una mayor variedad de timbres o coloridos instrumentales,
buscando las más complicadas sucesiones de acordes disonantes
y preparando vagamente la creación del RUIDO MUSICAL. Esta
evolución hacia el "sonido ruido" no había sido posible
hasta ahora. El oído de un hombre del dieciocho no hubiera
podido soportar la intensidad inarmónica de ciertos acordes
producidos por nuestras orquestas (triplicadas en el número
de intérpretes respecto a las de entonces). En cambio, nuestro
oído se complace con ellos, pues ya está educado por
la vida moderna, tan pródiga en ruidos dispares. Sin embargo,
nuestro oído no se da por satisfecho, y reclama emociones
acústicas cada vez más amplias.
Por otra parte, el sonido musical está
excesivamente limitado en la variedad cualitativa de los timbres.
Las orquestas más complicadas se reducen a cuatro o cinco
clases de instrumentos, diferentes en el timbre del sonido: instrumentos
de cuerda con y sin arco, de viento (metales y maderas), de percusión.
De tal manera que la música moderna se debate en este pequeño
círculo, esforzándose en vano en crear nuevas variedades
de timbres.
Hay que romper este círculo restringido
de sonidos puros y conquistar la variedad infinita de los sonidos-ruidos.
Cualquiera reconocerá por lo demás
que cada sonido lleva consigo una envoltura de sensaciones ya conocidas
y gastadas, que predisponen al receptor al aburrimiento, a pesar
del empeño de todos los músicos innovadores. Nosotros
los futuristas hemos amado todos profundamente las armonías
de los grandes maestros y hemos gozado con ellas. Beethoven y Wagner
nos han trastornado los nervios y el corazón durante muchos
años. Ahora estamos saciados de ellas y disfrutamos mucho
más combinando idealmente los ruidos de tren, de motores
de explosión, de carrozas y de muchedumbres vociferantes,
que volviendo a escuchar, por ejemplo, la "Heróica" o la
"Pastoral".
No podemos contemplar el enorme aparato de fuerzas
que representa una orquesta moderna sin sentir la más profunda
desilusión ante sus mezquinos resultados acústicos.
¿Conocéis acaso un espectáculo más ridículo
que el de veinte hombres obstinados en redoblar el maullido de un
violín? Naturalmente todo esto hará chillar a los
melómanos y tal vez avivará la atmósfera adormecida
de las salas de conciertos. Entremos juntos, como futuristas, en
uno de estos hospitales de sonidos anémicos. El primer compás
transmite enseguida a vuestro oído el tedio de lo ya escuchado
y os hace paladear de antemano el tedio del siguiente compás.
Saboreamos así, de compás en compás, dos o
tres calidades de tedios genuinos sin dejar de esperar la sensación
extraordinaria que nunca llega. Entre tanto, se produce una mezcla
repugnante formada por la monotonía de las sensaciones y
por la cretina conmoción religiosa de los receptores budísticamente
ebrios de repetir por milésima vez su éxtasis más
o menos esnob y aprendido. !Fuera! Salgamos, puesto que no podremos
frenar por mucho tiempo en nosotros el deseo de crear al fin una
nueva realidad musical, con una amplia distribución de bofetadas
sonoras, saltando con los pies juntos sobre violines, pianos, contrabajos
y órganos gemebundos. !Salgamos!
No se podrá objetar que el ruido es únicamente
fuerte y desagradable para el oído. Me parece inútil
enumerar todos los ruidos tenues y delicados, que provocan sensaciones
acústicas placenteras.
Para convencerse de la sorprendente variedad de
ruidos basta con pensar en el fragor del trueno, en los silbidos
del viento, en el borboteo de una cascada, en el gorgoteo de un
río, en el crepitar de las hojas, en el trote de un caballo
que se aleja, en los sobresaltos vacilantes de un carro sobre el
empedrado y en la respiración amplia, solemne y blanca de
una ciudad nocturna; en todos los ruidos que emiten las fieras y
los animales domésticos y en todos los que puede producir
la boca del hombre sin hablar o cantar.
Atravesemos una gran capital moderna, con las
orejas más atentas que los ojos, y disfrutaremos distinguiendo
los reflujos de agua, de aire o de gas en los tubos metálicos,
el rugido de los motores que bufan y pulsan con una animalidad indiscutible,
el palpitar de las válvulas, el vaivén de los pistones,
las estridencias de las sierras mecánicas, los saltos del
tranvía sobre los raíles, el restallar de las fustas,
el tremolar de los toldos y las banderas. Nos divertiremos orquestando
idealmente juntos el estruendo de las persianas de las tiendas,
las sacudidas de las puertas, el rumor y el pataleo de las multitudes,
los diferentes bullicios de las estaciones, de las fraguas, de las
hilanderías, de las tipografías, de las centrales
eléctricas y de los ferrocarriles subterráneos.
Tampoco hay que olvidar los novísimos ruidos
de la guerra moderna. Recientemente el poeta Marinetti, en una carta
que me envió desde las trincheras de Adrianópolis,
describía con admirables palabras en libertad la orquesta
de una gran batalla:
"cada 5 segundos cañones de asedio
destripar espacio con un acorde ZANG-TUMB-TUUUMB amotinamiento
de 500 ecos para roerlo, desmenuzarlo, desparramarlo hasta el
infinito. En el centro de esos ZANG-TUMB-TUUUMB despachurrados
amplitud 50 kilómetros cuadrados saltar estallidos cortes
puños baterías de tiro rápido Violencia ferocidad
regularidad esta baja grave cadencia de los extraños artefactos
agitadísimos agudos de la batalla Furia afán orejas
ojos narices ¡abiertas! ¡Cuidado! ¡Adelante! qué
alegría ver oír olfatear todo todo taratatatata
de las metralletas chillar hasta quedarse sin aliento bajo muerdos
bofetadas traak-traak latigazos pic-pac-pum-tumb extravagancias
saltos altura 200 metros de la fusilería Abajo abajo al
fondo de la orquesta metales desguazar bueyes búfalos punzones
carros pluff plaff encabritarse los caballos flic flac zing zing
sciaaack ilarí relinchos iiiiiii pisoteos redobles 3 batallones
búlgaros en marcha croooc-craaac (lento) Sciumi Maritza
o Karvavena ZANG-TUMB-TUUUMB toctoctoctoc (rapidísimo)
croooc-craaac (lento) gritos de los oficiales romper como platos
latón pan por aquí paak por allí BUUUM cing
ciak (rápido) ciaciacia-cia-ciaak arriba abajo allá
allá alrededor en lo alto cuidado sobre la cabeza ciaak
¡bonito! Llamas llamas llamas llamas llamas llamas presentación
escénica de los fuertes allá abajo detrás
de aquel humo Sciukri Pasciá comunica telefónicamente
con 27 fortalezas en turco en alemán ¡aló!
¡¡Ibrakim!! ¡Rudolf! ¡aló! aló,
actores papeles ecos sugerentes escenarios de humo selvas aplausos
olor a heno fango estiércol ya no siento mis pies helados
olor a salitre olor a podrido Tímpanos flautas clarines
por todos los rincones bajo alto pájaros piar beatitud
sombras cip-cip-cip brisa verde rebaños don-dan-don-din-beeeé
Orquesta los locos apalean a los profesores de orquesta éstos
apaleadísimos tocar tocar Grandes estruendos no borrar
precisar recortándolos ruidos más pequeños
diminutísimos escombros de ecos en el teatro amplitud 300
kilómetros cuadrados Ríos Maritza Tungia tumbados
Montes Ródope firmes alturas palcos gallinero 2000 shrapnels
brazos fuera explotar pañuelos blanquísimos llenos
de oro srrrrrrrrr-TUMB-TUMB 2000 granadas lanzadas arrancar con
estallidos cabelleras negrísimas ZANG-srrrrrrr-TUMB-ZANG-TUMB-TUUMB
la orquesta de los ruidos de guerra inflarse bajo una nota de
silencio sostenida en los altos cielos balón esférico
dorado que supervisa los tiros,,.
Nosotros queremos entonar y regular armónica
y rítmicamente estos variadísimos ruidos. Entonar
los ruidos no quiere decir despojarlos de todos los movimientos
y las vibraciones irregulares de tiempo y de intensidad, sino dar
un grado o tono a la más fuerte y predominante de estas vibraciones.
De hecho, el ruido se diferencia del sonido sólo en tanto
que las vibraciones que lo producen son confusas e irregulares,
tanto en el tiempo como en la intensidad. Cada ruido tiene un
tono, a veces también un acorde que predomina en el conjunto
de las vibraciones irregulares. De este característico
tono predominante deriva ahora la posibilidad práctica de
entonarlo, o sea, de dar a un determinado ruido no un único
tono sino una cierta variedad de tonos, sin que pierda su característica,
quiero decir, el timbre que lo distingue. Así, algunos ruidos
obtenidos con un movimiento rotativo pueden ofrecer una completa
escala cromática ascendente o descendente si se aumenta o
disminuye la velocidad del movimiento.
Todas las manifestaciones de nuestra vida van
acompañadas por el ruido. El ruido es por tanto familiar
a nuestro oído, y tiene el poder de remitirnos inmediatamente
a la vida misma. Mientras que el sonido, ajeno a la vida, siempre
musical, cosa en sí, elemento ocasional no necesario, se
ha transformado ya para nuestro oído en lo que representa
para el ojo un rostro demasiado conocido, el ruido en cambio, al
llegarnos confuso e irregular de la confusión irregular de
la vida, nunca se nos revela enteramente y nos reserva innumerables
sorpresas. Estamos pues seguros de que escogiendo, coordinando y
dominando todos los ruidos, enriqueceremos a los hombres con una
nueva voluptuosidad insospechada. Aunque la característica
del ruido sea la de remitirnos brutalmente a la vida, el Arte
de los ruidos no debe limitarse a una reproducción imitativa.
Esta hallará su mayor facultad de emoción en el goce
acústico en sí mismo, que la inspiración del
artista sabrá extraer de los ruidos combinados.
He aquí las 6 familias de ruidos
de la orquesta futurista que pronto llevaremos a la práctica,
mecánicamente:

En esta lista hemos incluido los más característicos
de entre los ruidos fundamentales; los demás no son sino
las asociaciones y las combinaciones de éstos.
Los movimientos rítmicos de un ruido
son infinitos. Existe siempre, como para el tono, un ritmo predominante,
pero en torno a éste, también se pueden percibir otros
numerosos ritmos secundarios.
CONCLUSIONES:
1.- Los músicos futuristas deben
ampliar y enriquecer cada vez más el campo de los sonidos.
Esto responde a una necesidad de nuestra sensibilidad. De hecho,
en los compositores geniales de hoy notamos una tendencia hacia
las más complicadas disonancias. Al apartarse progresivamente
del sonido puro, casi alcanzan el sonido-ruido. Esta necesidad
y esta tendencia no podrán ser satisfechas sino añadiendo
y sustituyendo los sonidos por los ruidos.
2.- Los músicos futuristas deben
sustituir la limitada variedad de los timbres de los instrumentos
que hoy posee la orquesta por la infinita variedad de los timbres
de los ruidos, reproducidos con apropiados mecanismos.
3.- Es necesario que la sensibilidad del
músico, liberándose del ritmo fácil y tradicional,
encuentre en los ruidos el modo de ampliarse y de renovarse, ya
que todo ruido ofrece la unión de los ritmos más diversos,
además del ritmo predominante.
4.- Al tener cada ruido en sus vibraciones
irregulares un tono general predominante, se obtendrá
fácilmente en la construcción de los instrumentos
que lo imitan una variedad suficientemente extensa de tonos, semitonos
y cuartos de tono. Esta variedad de tonos no privará a cada
ruido individual de las características de su timbre, sino
que sólo ampliará su textura o extensión.
5.- Las dificultades prácticas para
la construcción de estos instrumentos no son serias. Una
vez hallado el principio mecánico que produce un ruido, se
podrá modificar su tono partiendo de las propias leyes generales
de la acústica. Se procederá por ejemplo con una disminución
o un aumento de la velocidad si el instrumento tiene un movimiento
rotativo, y con una variedad de tamaño o tensión de
las partes sonoras, si el instrumento no tiene movimiento rotativo.
6.- No será a través de una
sucesión de ruidos imitativos de la vida, sino que mediante
una fantástica asociación de estos timbres variados,
y de estos ritmos variados, la nueva orquesta obtendrá las
más complejas y novedosas emociones sonoras. Por lo que cada
instrumento deberá ofrecer la posibilidad de cambiar de tono,
y habrá de tener una extensión mayor o menor.
7.- La variedad de ruidos es infinita.
Si hoy, que poseemos quizá unas mil máquinas distintas,
podemos diferenciar mil ruidos diversos, mañana, cuando se
multipliquen las nuevas máquinas, podremos distinguir diez,
veinte o treinta mil ruidos dispares, no para ser simplemente
imitados, sino para combinarlos según nuestra fantasía.
8.- Invitamos por tanto a los jóvenes
músicos geniales y audaces a observar con atención
todos los ruidos, para comprender los múltiples ritmos que
los componen, su tono principal y los tonos secundarios. Comparando
luego los distintos timbres de los ruidos con los timbres de los
sonidos, se convencerán de que los primeros son mucho más
numerosos que los segundos. Esto nos proporcionará no sólo
la comprensión, sino también el gusto y la pasión
por los ruidos. Nuestra sensibilidad, multiplicada después
de la conquista de los ojos futuristas, tendrá al fin oídos
futuristas. Así, los motores y las máquinas de nuestras
ciudades industriales podrán un día ser sabiamente
entonados, con el fin de hacer de cada fábrica una embriagadora
orquesta de ruidos.
Querido Pratella, yo someto a tu ingenio futurista
estas constataciones mías, invitándote al debate.
No soy músico de profesión: no tengo pues predilecciones
acústicas, ni obras que defender. Soy un pintor futurista
que proyecta fuera de sí, en un arte muy amado y estudiado,
su voluntad de renovarlo todo. Y en consecuencia, más temerario
de lo que pudiera llegar a serlo un músico profesional, como
no me preocupa mi aparente incompetencia y estoy convencido de que
la audacia tiene todos los derechos y todas las posibilidades, he
podido intuir la gran renovación de la música mediante
el Arte de los Ruidos.
MILÁN, 11 de marzo 1913.
|